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La leyenda del párroco

La leyenda del párroco

Y entré en un vórtice
que estaba lleno de pájaros
y todos cantaban al unísono
la leyenda de un párroco,
que había venido de muy lejos,
más allá del Atlántico
donde volaban los peces
y sonreían los náufragos.

Había venido por casualidad
por un hecho caústico,
tan vibrante y fértil
como elegiaco.

Y vio multitud de sirenas
que le rodearon con sus cánticos
con sus cuerpos espumosos
y sus redobles oceánicos.

Y allí en medio
del placer más catártico
supo que las mareas
podían contener el orgasmo.

No había saber pragmático
ni desdén diplomático,
no había obra ni fe,
ni orden tolemaico.

Solo un calor creciente
capaz de derretir el Ártico,
capaz de envolver las olas
con el goce más tántrico.

Y entonces salieron del vórtice
un par de albatros
para susurrar la leyenda
a todos los barcos.

Y los años pasaron
en las carnes del párroco,
ya tenía arrugas
cerca de los párpados.
Y allí estaba en los mares
rodeado de sus vástagos,
de toda su prole
que le envolvía de abrazos.

Gracias a Dominique Lelièvre por la foto

El calamar marino

El calamar marino

Bajé a las profundidades,
en medio de la mar
por miedo a las autoridades
y me encontré un calamar.

Era un bicho gigante,
un octópodo descomunal,
una morsa de las de antes
que se movía de aquí para allá.

Me miro beligerante,
con un desprecio sin igual
y le arreé un entre sus partes
una patada virginal.

El cambio el semblante,
morado cual caballito de mar;
y me enseñó sus fauces
antes de ponerse a llorar.

Se retorcía menguante
cerca de la fosa abisal,
llamando a su madre
y gritando que se iba a desmayar.

Y entre medias llegó un bogavante;
con bigote y gafas de bucear,
un crustáceo esquivo y parlante
con ganas de conversar.

“¿Qué ha pasado aquí joven?
Veo signos de malignidad,
¿No le habrás golpeado bajo el abdomen,
justo en medio de la castidad?”

“Fue fuego, calentón del momento,
un reflejo tropical.
Un puntapié lleno de nervio
que se me escapó al nadar.”

“No puede ser, chico, no miento,
¡Este pulpo está bastante mal!
Quizás haya que ponerle un injerto
en las marismas del puntal.

Y no digo que no mereciera un escarmiento,
un castigo de ultramar,
pero le diste con tanto acierto
que por poco lo abres en canal.”

Y de pronto surgió una sirena
tras los mares de coral,
que en las aguas movía su melena
de delante hacia atrás.

Era una belleza ingenua,
una ninfa de la profundidad;
venga aletea que aletea
que empezó a susurrar.

“Yo le pondré un ungüento
de algas y azafrán;
y él se pondrá tan contento
como un cormorán.

Y bailaremos por los océanos,
felices como el caviar,
y nos daremos besos huérfanos
hasta no poder más.

Y el recuperará todo su afecto,
en las artes del amar,
hasta convertirse en un portento
y un gran capitán.»

Entonces se mojo la escena,
la policía empezó a disparar,
y el calamar se fue con la morena
entre las olas de sal.

Gracias a MartinStr por la foto.

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