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Etiqueta: calavera

La muerte

La muerte

Voy en un bote
que conduce Caronte,
estoy entre dos mundos
que apenas vislumbro.
Es un conjuro,
es tierra de difuntos,
con todos sus colores,
sus claroscuros
y sus negros humos.

Y veo una calavera
que puede ser de cualquiera,
pero es solo ella;
es tan esbelta
que está muerta.

Y hay un fauno,
un inmaculado
y un mutilado,
una hilera de cadáveres
andando entre pesares

“Estamos muertos,
Estamos muertos;
eso es cierto.
Casi nos hemos disuelto.

Somos criaturas del subsuelo
que olemos a heno.
Algunos morimos ahogados,
otros envenenados.
Algunos nos están decapitando
mientras seguimos andando.
Por esos lloramos aquí abajo,
por eso tanto nos quejamos.

Somos marea muerta
de la conciencia maltrecha,
un ejército de tinieblas
recostado sobre la tierra.

Por eso gritamos
y por eso avanzamos
hacia un cadalso
que no controlamos.

“Somos miseria,
somos pandemia,
somos la peste
y toda la muerte”

¿Y para qué luchamos,
para qué abjuramos
si somos putrefactos
y estamos hechos pedazos?»

Pero había una voz
en la lejanía
que era amarilla
y muy vívida.

Una fuente mística
que cantaba por encima
que no había diferencia
entre la muerta y la vida.

“Soy el pulmón del que respira
la voz del que grita.
Soy el fuego de la pira
y la morada divina.
Estoy en todas las mezquitas
y en el que se excita.
Soy la miga y también la dicha.»

«¿Y por qué no te escuchamos
por qué estamos tan alejados;
por que somos escuálidos,
pusilánimes y minusválidos?»

«Porque creéis
que estáis muertos,
vais todos en hileras
sometidos por la indiferencia.
No tenéis sueños.
Sois solo esqueletos,
míseros despojos
que se recuestan en lo correcto.
Pero no hay desdicha
más indigna
que faltar a la vida.
Sois la apología del miedo
y del no puedo;
del me quedo quieto
hasta que otro
haga un movimiento.

Menudo estipendio de voceros
y de cadáveres postreros.

¡No estáis muertos!,
¡No estás muertos!

Solo sois prisioneros
de vuestro propio encierro.»

Y los difuntos se quedaron quietos.
Había dudas en sus lamentos;
podían escuchar sus anhelos
y todos sus deseos.

Se oyeron ruegos…
una lluvia de huesos
y cataratas de muertos;
por fin se escuchaban a ellos.

Y se hizo un arabesco
para romper el entierro,
la muerte predicha
en el colofón de una sonrisa.
Toda una algarabía
en el espesor de una brizna.

Gracias a ChiemSeherin  por la foto

Los hermanos celestiales

Los hermanos celestiales

Y vi a los hermanos celestiales
símbolo de los pares
y de lo que no es distante.

Eran dos cabezas
recubiertas de gemas
con miradas perfectas
capaces de tambalear las reglas.

Pero un día se encontraron
con su propia calavera
y otras realidades muertas
que parecían contentas;
habían atravesado el ocaso
y con ello todo el tártaro
hasta llegar al desierto
donde no había un muerto,
solo seres angelicales
que percibían el trance
y toda la ingrata lucha
de este sumo disparate.

Y a los lejos vieron un cántaro
lleno de monedas y riquezas
que había dejado Tántalo
con unas notas de un poema:

“Sois los seres celestiales
estáis recubiertos de sales,
protegéis los mares
con todas las embarcaciones,
pues sois hijos de los dioses.
Pero también hay náufragos
que tienen cerrados los párpados
y en el océano se ahogan
al no encontrar una soga.
En el agua está su letargo
por eso os daréis un baño
para socorrer unos cuantos.
Los ideales ya están mojados
y solo se pueden secar a nado.»

Y abrazaron el cántaro
que estaba lleno de monedas.
Poblarían su cartera
hasta eliminar las reservas
que había en sus cabezas.

Y salieron de Tártaro,
juntos, caminando.
Eran dos hermanos
que se habían separado.
Pero hablarían del ocaso,
cruzarían el charco
y se enrolarían en el Argos
para ayudar otros barcos
que hubieran naufragado.

Gracias a Couleur por la imagen

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