Estoy en un muro lleno de cloruro, pero se está destruyendo a cada momento, es como el aliento de un rayo de incienso, y mientras pienso en este parapeto inmenso, veo un jardín lleno de flores donde no hay pronombres ni tampoco hombres, solo figuras humanas en continua danza, en medio de la palabra; un conjunto de ninfas de edades merovingias que encarnan sus entidades divinas sin la necesidad de una biblia; no hay consignas ni mentiras es el ritmo de la vida que se descubre así misma. No hay estigma tampoco mirada sibilina, no hay neblina en aquel que mira. Todo es prisma tanto abajo como arriba.
Y veo unos leones dentoides que cantan unos acordes para entonar los corazones. Y las abejas reinas escapan de sus colmenas dejando una esencia melva mientras hacen piruetas, y confunden a las nutrias y a todas las comadrejas.
Y un oso saca el saxofón para socavar el hormigón es un nuevo diapasón que resquebraja aún más el paredón, compendio ultrerior del trueno de la creación.
Y en medio del lago aparece un espejo que se ve desde lejos y desde el principio de los tiempos. Es la armonía del concierto y la sonata del minueto. Si te paras, de seguro que lo estás oyendo. ¿Es el estruendo del detenimiento y el apogeo de lo quieto? Todo un soneto recubierto de versos en el que los animalitos miran su reflejo.
Un preludio halagüeño: «No olvidéis el estruendo que hay entre dos verbos porque no hay predicado ni sujeto. Todo es arbóreo bajo el mismo suelo que hunde sus raíces hacia dentro, y cuanto más lo escucho más me lo encuentro. Es como un fulcro de lo que expreso, el viejo sonido del universo.»
Y así entre los peldaños y entre las pausas voy entonando la verdadera sonata que no es alta ni baja, pero suena clara en cada parada.
Los animales vuelven a sus juegos y las ninfas a sus recovecos. El muro se tambalea sobre sus cimientos de extremo a extremo.
Todo queda en polvo, no más sollozos ni tampoco enojo, solo un contorno de lo que realmente somos. Y abro los ojos y lo miro sin deterioro, no hay aroma a cloro, solo un jardín devoto que enmudeció al mismo Kronos.
Veo en la morada de la campiña dos sillas antiguas, pertenecieron a un califa experto en intrigas, pero ahora desde la mirada con el pasado en perspectiva todo adquiere un aspecto intimista.
Allí en medio de un jardín longevo, tras tres o cuatro metros, se oye la voz de un eco, es un mensaje convexo curvado hacia dentro donde los sonidos rebotan como truenos.
“Soy la sima de todo lo que divisas; soy las pistas y todas las vistas, porque justo en medio de la realidad estricta hay una capa de parafina. No es nimia, tampoco es infinita, solo es la sombra del califa. que recuerda sin alegría aquellas penurias divididas; cuando la mente era su lugarteniente y su mayor contendiente. Todo lo tenía pendiente, todo era exigente, un reino penitente del pensamiento siguiente; una muralla ovalada de estuco y piedra calcárea, una pared abovedada con barro apilada.»
Y allí en medio de la división, en medio de la escisión, el sumo censor se enroscaba hacia el interior, pero no escuchaba la voz, solo el susurro y el candor que ardía en Jericó. Ciudad sitiada por un conjunto de llamas, sumida en una revolución, una vieja prisión perdida en un neurotransmisor.
“Califa, respira es ley de vida.
Califa, lo que ahora miras es un prisma, una bella metonimia, una proyección evasiva que se junta en el enigma. Toda la vida, toda forma constitutiva no es continúa, tan siquiera sucesiva.»
Pero el califa no comprendía, solo se fiaba de lo que veía, de sus creencias y mirada mezquina.
II
¿Y si la realidad se sostenía a sí misma?
Quería continuar con su agonía, reinando con supremacía del Nilo a Alejandría. Muchos hablaban de su pericia y su penumbra mortecina. Pero en aquel jardín, en aquel palacio Magrebí, tras el sendero de jazmín, todas sus penas se juntaban hacia sí. Muerto estaba, enlutado y de postín, un cadáver cadavérico que solo esperaba el fin.
Componía canciones de los misterios sufís era un creyente alterno, el último muerto en medio de aquel huerto, quería rezar un padre nuestro y recomponer su testamento; había sido un cruel guerrero que ahora pasaba por reverendo. Convenía en el advenimiento justo antes del destierro, era un único cuerpo que miraba su entierro.
Se encontraría con sus viejos y los que antes eran pequeños, en un mundo de sueños que se curvaba como un amuleto.
Y allí los recuerdos silbaban con los truenos.
Si su mano no hubiera degollado por cientos, si hubiera entendido antes al cordero, ¿por qué justo en este momento que se encaminaba al sendero?
Ya se producía el incendio con sumo estruendo, se desligaba de su cuerpo y emitía el último aliento.
Y allí, a lo lejos vio como se disgregaba su ejército y la orden de mérito, estaba arrepentido desde el comienzo. ¿Visitaría el infierno u otro paraje cruento?
III
Pero divisó un ángel, llamado Seleno, que le detuvo antes de que pagara al barquero.
“Aún no estás muerto, eres testigo de que apenas has vivido, estás en tu propio concilio donde nada está dividido, donde no hay nada finito; ¿Oyes el ruido del fuego consumido, y todo el hastío al que te has sometido?
Antes de caer en el olvido, antes de darte por perdido, antes de que revivas en otro siglo, tienes derecho a manifestar tus designios.
—He sido cruel y maligno, furtivo asesino, un hijo putativo, un monarca abusivo; ahora lo percibo (en medio de este juicio que marca mi nuevo destino. He promovido el infortunio y no he sido compasivo; ahora que lo miro no encuentro alivio.
Si hubiera sido capellán, si hubiera rezado a Abderramán, pero ahora estoy en el estertor en el último lugar.
Ya no hay ademán, no hay nada que perdonar, solo pagar todos los males que tuve a bien procurar.
—Pero pareces arrepentido —Si quiera lo distingo. —La duda es el primer paso del adivino. La duda acerca los pasos a Cristo. —Pero estoy consumido, ya en el último soplido, derretido por las llamas del último hijo. —Realmente no hay castigo es solo un esfuerzo de equilibrio. —Entonces me dedicaré a rezar por las vidas que no puede evitar. —Parte entonces hacia el último mar, tú que fuiste hijo de Alá.
Con buenos ojos no te recordarán, y tú memoria algunos pisotearán. Pero renacerás para recompensar todas las inmundicias de tu fiera codicia, la espada que mutila y cuchillo que afila. Como el consorcio decía: renacerás en una misa sin madre ni nodriza, de otros serás curandero para evitar su sufrimiento, recuerda que eres bello y que esto es solo un juego. Te nublaste de apego y te creíste sediento, pero no estabas en el desierto, tan siquiera estabas muerto. Vivirás muchas vidas hasta conocer la verdadera alquimia en la que la pupila no estará dividida para ver a la vez toda la película. No hay otro destino que volver de donde has partido. Adiós, hijo mío.
Y así el califa emitió su último suspiro. Y en el jardín del olvido aún se pueden oír sus quejidos, pero todavía hay un latido de lo que puedo haber sido, unos pequeños lirios marcan el nuevo destino de aquel sultán perdido.
Una alubia tiembla de miedo ¿será desasosiego o será que ya no entiendo? Hubo una época de conceptos y otra de fuego, pero ahora hay un amanecer nuevo donde todo es juego.
¿Sería una alubia vidente de las que mucho siente, que se abrió a nuevas posibilidades y universos espectrales y conoció a su yo superior que era un alubión?
«—Sabes mucho de sueños y conjuros, ha caído el muro de todo lo oculto, es como un escalón hasta el último eslubión; donde la salsa es mestiza y la cocina hechiza. Pero es la única manera de vivir la vida, sin dejar ni pizca, ya no hay mentira y la realidad es distinta porque es en sí misma. Es la cima de toda esta poesía, cuanto más arriba la sombra es entredicha y mayor la tentativa.
El despertar de la alubia con enorme alubiduría, llevas muchas vidas transitando por la alu-vida.»
Un destello de acordes desquitaron los tenedores, no la verías en los comedores ni entre los frijoles.
No era una alubia perdida, era una alubia fidedigna con sus formas curvilíneas.
Y escribió novelas y muchos poemas, hablo a audiencia desde la presencia y cumplió su destino, que era el mismo que había elegido.
«No hay camino que no llegue a destino y obra sin distintivo; evita todo tipo de juicio porque todo está escrito. Aporta tu alubrillo para que se cante por las tardes, tú podrás ayudarles a salir del trance.»
Y la alubia se quedó meditando hasta solo ver un grano, era muy amplio más allá del marco, retumbaba entre los salmos y otros cantos lejanos, milagros de otro plano que convenían con los astros. Diatribas y saltos cuánticos, un estanque catártico con aire mesopotámico derretían el ártico y todo lo congelado.
Es el magma del movimiento donde todo es alimento. Se nutre de lo incierto.
«—No soy condimento pero puedo ser sustento por medio de la palubria que ya alumbria.»
Y muchas alubias salieron de sus guisos como números primos, cuna de lo convenido; un nuevo mundo fuera de peligro donde todo tendría sentido y todas aportarían lo suyo.
Veo un castillo lleno de visillos son indivisillos, el último estribillo y por más que miro y miro, ¿Todo está en brillo? ¿Veo delante mi destino?
Es un paso contiguo que conduce al alivio, al no quejido. Existe un estado fallido en el cúmulo vacío que vibra entre neutrinos.
Allí no hay amasijos pues todo es sencillo, un gallo vespertino que con su grito deja a todo el mundo enmudecido. Un conjunto de partículas en estado fluido, el solo y sí mismo, un sello antiguo que miro un vikingo mientras era consciente de lo percibido. Un muro de marionetas llena de perseidas griegas u otras tramas de tantas novelas; en el que una doncella, se inmiscuye con su alteza ¿Conocida historieta, el sumun de la epopeya?
Pero en la mitad del acto casi en la mitad del diálogo, hay una gema que abre una puerta en el universo opaco. Allí están todas las respuestas desde la última cena, el primer desembarco y la constitución del átomo.
Es un páramo que está fuera del marco y apenas tiene trazos, es como una cuerda longeva que despliega la materia para constituir niveles de la consciencia.
¿Y si la ciencia interviniera? ¿Y si las artes consistieran?
Y ahora la Tierra…
Pero hay un niño mestizo de pasado abisinio que se presenta los domingos con un crucifijo; y habla de creencias y demás pertenencias, mientras la humanidad busca una estrategia para mirar a la Tierra que ya levanta sus piernas.
Es una señora vieja que da vueltas y sonríe a los planetas, es una mujer que sueña, un alma plena que busca que todas sus células que habitan en la corteza se muevan y encuentren su esencia.
El juego de la botella tras la merienda, las paredes de una estrella que por fin despierta.
Y se frotan las cuencas como si fuera nochebuena, una cola de cometa y el núcleo que ya fermenta; nos observa la mujer recubierta de piedras, desde edades desiertas para sacarnos la pereza y que nos ardan las venas.
La vida es una selva llena de panteras que corretean con energía y ninguna minusvalía.
Estira la mano, el lenguaje es alto y claro, llueven pedruscos para hacer el amor a los musgos, vienen desde los etruscos, es el con-sumum; la imagen del corpúsculo.
Y esa señora nueva, floreciente en palmeras nos empuja a la ruptura, hacia una nueva cultura, basado en la suma y en todos vamos a una.
Es una realidad terruna, sustentada en columnas, una nueva estructura, apología diurna que se llena de fortuna.
Y aquel niño antes de cara taciturna, ya relumbra pues ve una comuna de almas en conjura, donde nuestra realidad es la tuya.
Un mundo que recupera la cordura y por fin está en cura.
Había dos servilletas que componían formas traviesas, esperaban su turno entre el desayuno y la merienda; una oda al gusto y a la limpieza. Pero tenían alma aventurera y espíritu de promesa; así que salieron de su envoltorio en disposición de jolgorio, buscaban una promesa más allá de la cocina o la mesa. La alquimia de la naturaleza donde pudieran ser lo que quisieran.
Y viajaron a latitudes ajenas tras la sal o la pimienta, desconocidas tierras hasta cambiar su consistencia, y nacieron mensajes entre sus capas internas algo así como antiguas leyendas que no dejaban en indiferencia, un camino de entereza hacia una gradación nueva.
Y allí no había discordia ni miseria sonora, no había frutos, pomelos o zanahorias; todo tenía la misma forma, una cristalera decorosa de sutileza temblorosa. Una canción respetuosa y un estribillo que no pasaba de moda. Era la serviverdadera divergencia que no entendía la ciencia. El elemento neutro de la conciencia que todo lo condimenta.
Y allí compusieron su ópera primera desde una bocanada sempiterna.
Cualquier guiso serviría para sus designios fuera pollo al ajillo o lentejas, todo tenía brillo al saborearse con la lengua. Y allí estaban ellas con sus ojos de papel o de tela para en la daguerrotipia la escena completa.
Se tocarían las esquinas, con su mallas blanquecinas perentorias y definitivas, una mirada antigua entre romboides manecillas.
Un amor de gemelas por la vida misma que servilleteaba entre sus caricias.
No importaba que no hubiera bebida o la gastronomía fuera sencilla. Estarían entre cubertería y mantelería para alentar la cadena alimenticia.
Un reflejo mismo de la biblia que está más allá de sus páginas amarillas, dos servilletas enamoradas dos serviplenas nutritivas dispuestas a acompañar cualquier comida.
Un par de cotorras ríen como marsopas, cacarean a todas horas hasta decir que son chismosas, pero un día cruzarán la divisoria y se convertirán en tórtolas, aves redentoras que describen grandes ondas, elipsis hermosas entre planicies nubosas; y se unirán a la memoria de un mundo en prosa.
Una alegoría y una oda que recubría una sinfonía y volará hasta las consignas de la diosa Artemisa, para olvidar toda ignominia; serán dos golondrinas recubiertas de purpurina, de un polvo estrellado de los tiempos de los hados un culmen bravo para seguir aleteando; un cuento de antaño hablado por los dos pájaros; dos estorninos muy chiquitos que conocían el sentido de todo lo bonito, un haz distintivo que vibrará como un número primo.
Ya era…
Y se convirtieron en dos amebas dos almejas y en hormigas con antenas dos células primigenias que hablan en unicadencia.
Es lo que la realidad vertebra y lo que siempre da vueltas, una sutileza que crea y engarba la escena, dos aves que planean desde la última cena.
Y se tocan las alas como palomas blancas dos cacatúas de porcelana que ya porcevolaban.
Están en la antesala de una humanidad preclara el inicio de la trama de la conciencia en alza, y mientras vuelan y se engarzan cuentan los minutos por ala-banzas, una cantata muy aleteada entre esta pajarada.
Y en el sumun de la distancia en lo alto de las montañas, donde los planetas parecen reliquias chatas se oye una voz entonada que nunca fue creada.
El origen antes del karma y la firma de la nostalgia, la misma vida desplegada que aletea entre las galaxias.
Y me hablaron los ojos en un lenguaje lloroso como dos jarrones de colores quejumbrosos.
Izquierdo: —No me gusta lo que tengo delante, no me gusta tener que desviarme, cuando miro a alguna parte no me gusta tener que escucharte y mucho menos vislumbrarte. El mundo tendría que ser arte y no este desperfecto de partes, ¿no hubo un conjunto antes de todo este desastre?
Derecho: —No me gusta el estancamiento, no me gusta el movimiento, no me gusta este estruendo ni tampoco el silencio.
Por eso sentencio y sentencio. ¿Por qué este mundo no es lo que quiero? ¿Por qué no hay solo un argumento de un único atuendo?
—¡Porque sino no veo! —Pero yo quiero algo nuevo. —También puede ser imperfecto. —Eso desde luego. —¿Y cuando vea lo viejo? ¿Y cuando venga lo muerto? —Pues entonces moriremos.
Y los ojos se miraron hacia el centro entre horizontes de fuego, chispas infinitas que escapaban por la mirilla.
—¡No veo, No veo! —Porque no acepto. —Todo me es ajeno. —Todo me es bello. —Porque eres un cateto. —¿Cómo ese genial griego?
Pero todo era un sueño, todo era un juego, donde para ver, había que verlo.
Y allí, justo en medio habló el ojo tercero que era como un maestro.
—Miro sin miramientos entre los destellos sin juzgar lo que veo. Porque no soy dueño y no soy este cuerpo. No me molesto, soy lo que parezco hasta mi último aliento.
—No entiendo. —No entiendo. —¿Por qué estás en medio? —¿Por qué no te vemos? —Estoy oculto tras los miedos y todos vuestros reniegos. Un mundo de sueños con el nuevo comienzo, un amanecer mañanero donde no habita el tiempo.
Todo aquí está lleno, no hay errores ni aciertos. solo hay camino dentro del anillo divino que quiere para ti mismo lo que tú has elegido.
Se corrieron los visillos desapareció el espejismo, todo lo que veíamos tenía que ser visto.
—Hay una enorme confusión en lo que aparece en la visión, mucho de ello es solo tensión que genera desazón.
La vista es casi instinto, un pequeño pedacito de todo lo que percibo.
Y los ojos parecieron callados al mirar sin espasmos, estaban confiados al ver ante lo opaco. El panorama era claro, por lo definido y manifestado.
Miraron y miraron en primer plano para ver milagros entre lo diáfano.
Me transformo ante la falta de protocolo, al mirar aquel ser que era como un olmo.
Me transformo al mirarte a los ojos, al ver una realidad desnuda que se cuela entre la bruma.
Me transformo ante lo que desconozco, al mirar al último recodo, al ver tu vacío trono que se compone con el cosmos, porque es lo que somos todos nosotros, un conjunto de formas en evolutivo contorno, un esbozo, un estornudo tras un sollozo, y te escudriño la frente del estirado entorno en la firma del equinoccio, y allí una alborada carcajada se observa así misma para iniciar la trama. Una pintura lejana que se originó en una playa, como una membrana porosa, ensimismada, que explosionó ante miles de miradas.
Yo me transformo en un cuerpo que reconoce con esmero cual es el momento.
Eres el espejo que pliega el intelecto, un avance sincero que busca su sueño, como un ruego en medio de lo quieto cuando cae el velo de lo entero.
Y ahora puedes verlo con todos sus desperfectos, con un sabor intenso entre lo que muerdo; un cuento sujeto al epicentro, donde la vida es lo que quiero; porque soy eterno, un reflejo de lo que llevo dentro.
Como un sello del escudo del cielo que trae el dinero y se regocija con lo bello.
Sigue tu camino con esmero hacia el deseo, con todos tus filamentos y encarna tu talento, entre el trueno y los destellos del rayo primero.
Yo me transformo ante el despliegue sonoro y los movimientos gaseosos que tras muchos eones definieron su contorno.
No quiero insomnio, no quiero cloroformo quiero ver con estos ojos este mundo de plomo.
La rata cata-rata vuelve a la carga con su pro-rrata, un ruido de fondo que siempre está allí como poso, muy hondo.
Se queja y se queja de todo lo que le pasa por la cabeza, de que si la realidad no es lo que debiera, que si su vecina la trata como una cualquiera.
«Rata rata rata rata» palabras enroscadas que resuenan como una campana.
Pero un día coincidió con un brillo conocido como Alivio. —Es usted muy vivo— le dijo. —Ya, es que no soy lo que digo, soy solo un atisbo de un haz tranquilo, está detrás de ese corrillo de pensamientos sin sentido. Un silencio convenido entre tanto animalito.
Rata rata rata —Pero ¿qué dice? Todo suena excesivo. ¿Un todo no discursivo?, ¿un todo en el oído?. ¿Un postre sin membrillo o filosofía del delirio? Es usted un rayo acústico que se cree el único.
—No se encontrará perdida en el bullicio ni el juicio de todo lo percibido. SI lo mira de lleno verá que todo está vacío.
¿Rata? … Y la rata quedó callada una larga temporada, estaba ensimismada mirando figuras lejanas, no había voces en su testa ni tanta cantinela; solo había belleza allá donde viera. Toda la vida entera sumida en una esfera, un lenguaje de silencios recubierto de arpegios que fluía desde dentro. Un idioma viejo donde todo estaba quieto.
Y la rata y Alivio se miraron por milenios hasta llegar al comienzo, todo tenía sentido pues ya no había tiempo.
Y se fueron sin hablar cada uno a su hogar, un gran un mar de enorme rata-quilidad.
Veo en la penumbra una mano que mece la cuna y es taciturna; hurga, hurga y hurga en la herida profunda; antes de la misa difunta, antes de la angustia antes de la mirada obtusa, por más que mi cabeza barrunta, conjunta y formula son todo formas disolutas en medio de la bruma.
Abro la mano en busca de un milagro. Está debajo de un manto sumido en el barro en medio del desgarro. ¿Qué paso hace tanto, antes del muchacho y del letargo? Un espectáculo amargo, una sensación de desamparo.
El cielo estaba oscuro y claro con pájaros volando, un canto y el dolor del parto, todo se ovillea en un camastro, un torrente magro con deterioro de alabastro.
¿Y qué es lo que peca? Penitencia en mitad de la miseria; férrea sentencia y congoja de la existencia. ¿Hubo consciencia, más allá de la reincidencia…? Pudo ser cualquiera por eso te ocultas en la tierra y te alejas de ella.
Dragones dorados por siempre emancipados; son semihados montados por corsarios al son de sus fuegos fatuos.
¿Cuál es el pecado? ¿Un delirio enajenado, un comportamiento malsano? … …Era el momento de la canción del perdón, una oda en si menor, un requiebro en el diapasón, una atmósfera al por mayor. “Pero mira al interior”, me dijo una voz en medio del dolor y más allá del clamor.
Y vi un clima de verdor, el lago de la relajación, atisbo de última canción, el verso de la visión en el descanso del amor.
Es la canción del perdón; suma de la acción que amplía la división en los espacios del reloj.
No hay miedo, no hay pavor, todo es sosiego más allá del espesor. Es la muerte del ego cuando todo lo despejo cuando vivo el desapego y apenas hay enredos.
No hay nadie al timón, solo el pico del ruiseñor la mano del creador y la mecha del calentón.
Y de pronto veo un rostro que es como un muerto, pero es un espejo de todo lo que es ello, no tiene miembros, es como un poliedro en movimiento y gira sobre sí mismo creando haces prístinos una peonza cósmica de luces multifórmicas.
Es el ser siendo y allí me quedo… en un ver viendo corpúsculo de misterios que emanan del viento.
Gracias por la foto a Pixabay.
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