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Categoría: Piel y cuerpo

Poemas de la piel y del cuerpo. Donde hay fuego, pasión y color naranja.

La hoja verde

La hoja verde

(Y MADRE TIERRA)

Y vi una hoja verde
que hablaba con los grillos
y también con los felinos;
tenía matices de Corintio
y una voz de pito;
y con un redoble trino
susurraba a gritos:

“Soy el ojo del huracán
que conoce a los ancestros
pues soy amiga de los abetos
y de todos los esqueletos.

Murieron hace milenios
y ahora están muy quietos
siempre sobre en un ruego
que se sumerge en el suelo”

Y la tierra se abrió
y me mostró un agujero
que no era yermo;
tenía una tablilla
escrita con mis siglas.

Y allí estaba madre tierra
con su figura descubierta,
tenía la mano abierta
y en ella había una promesa:

“No es el tiempo
lo que te preocupa,
sino que ya no eres oruga;
tampoco tienes arrugas,
se acabaron las excusas”

Y anduve por el camino de los árboles
como si estuviera en trance,
estaba hecho de sueños y despertares
que brillaban entre los maizales.

“Esta es tu nueva figura
que vive de la escritura,
ya no hay lucha,
sino suma holgura.

Así que escucha,
no hay campos invernales,
solo dorados trigales.
Coge tu pluma,
esa que susurra
nuevas realidades
y despliega tu arte”

Y miré a la hoja verde
que cantaba un sainete,
estaba contenta
encima de la maleza,
hacia el pino
y susurraba a los grillos
y de vez en cuando
soltaba algún grito.

Gracias a Mathijs Delva por la foto

Me encontré con Madre Tierra

Me encontré con Madre Tierra

Y vi a Madre Tierra
a través de la pradera,
entre toda la maleza
y en medio de la selva.

Y era tan bella,
con sus rasgos de piedra
y sus surcos de madera
y todos esos encajes
que estaban hechos de hierba.

Y llegué hasta sus caderas
que habían alumbrado el mundo
con un gemido agudo
y ahora desataban los nudos.

Y me extendió una mano
en forma de lago
que olía un poco a barro.

“Has venido, por fin.
Te he estado esperando
durante un par de años.
Ahora que ya nos vemos
deberías estar contento,
has roto tu credo
y aceptado lo concreto,
todo lo que tiene forma
y lo que se da ahora.”

“Pero tengo miedo
a lo incierto,
a lo que inicia el movimiento
y sale de dentro.”

Y me susurró al oído
un canto primitivo
de poder amarillo
para andar el camino
y abrazar mi destino.

“Yo en ti, confío.
Me eres tan querido
como todos mis hijos.
Por eso os cuido
y os doy abrigo.”

Y abrió sus entrañas
y me mostró su corazón olivo
de un verde calipso.
¡Tenía tanto cariño!
Un gran río compasivo
que te llenaba de estío,
de brío y mucho poderío.

Gracias a Quingbao Meng por la foto

¡Gracias Madre Tierra!

La cebolla desnuda

La cebolla desnuda

Y vi una cebolla
a través de la ventana
justo cuando se quitaba
la última capa.

El día se estremecía
como un enigma
mientras ella se movía
a través de la persiana.

Solo llevaba unos calcetines
de suave lana
mientras asomaba en la cara
una luminosa sonrisa
que recordaba a las divisas.

Y se tumbó en la cama
y musitó a las musarañas
miles de palabras,
como una nana
un poco rara
que hacía un ovillo
de color plata.

“Ya no me quedan capas.
Estoy cerca del alma,
donde se desvelan los misterios
y todos los entuertos.
Veo una especie de figura
en medio de la bruma.
Es un ser difuso
tras un ángulo obtuso.
De allí nace la calma.
Un sin fin de posibilidades
en tres mil eternidades.
Pero también veo un espectro
que tiene color esqueleto.
Viene desfigurado hacia mí
como si esto fuera un entierro.

¿Qué hiciste criatura
para romper el espejo?
¿Cómo te perdiste
en el bosquejo de lo incierto?”

“No sé que pasó.
Me zambullí en el ego
y todo se volvió negro”

“Pero sabes que no existe,
que es solo un cuento
tan grueso como el cemento.
No hay espectro,
no hay más lo siento;
solo hay este momento.
Perdona la herida
que está cautiva
y que con una sonrisa
pronto cicatriza.”

Y el espectro quedó mudo
y le brotó musgo
en un lugar profundo.

Y la cebolla desnuda
siguió con sus travesuras
y moviendo su hermosura.
No había más capas
ni leyendas opacas.
Solo una gran abertura
que lleva al reino
que despeja todas las dudas.

Y se metió en la cama
para abrazar su alma
que iluminaba ahora
toda la ventana.

Gracias a K8 por la foto

El Alfa y el Omega

El Alfa y el Omega

El Alfa y el Omega
al parecer eran dos letras
como dos islas griegas,
ya bastante añejas,
que entraban en guerra
cuando discutían entre ellas.

“¿Por qué todo lo comentas?
¡Anda, Alfa esa sí que es buena!
¿Pero qué dices, Omega?,
protestaban en respuesta.”

Hasta que un día leyeron
un proverbio en una galleta:
“Si conoce lo que suena
y apenas parpadea
algo debe saber
de lo que alardea.”

Y una tarde se fueron de juerga
y perdieron algunos trazos
por darle mucho al vaso,
y por fin se hicieron caso
y se hablaron como en años.

“Yo te quiero, Omega
pues eres tan bella,
pero tienes que
liberarte de tu pena,
esa que te atenaza
desde que eres enana.”

“Y yo te quiero a ti, Alfa
desde antes del alba
y de que tuviéramos casa.
Tienes que librarte de tus miedos
y de todos tus tropiezos.
Ya no hay culpa,
ya no hay penuria;
solo un sol abierto
en mitad del cielo.

Y se dieron la mano
como dos renacuajos
y miraron al infinito
con ojos de corpiño
y allí vieron el inicio
sin ningún resquicio.

No había realidad envuelta,
ni ninguna cubierta,
solo un ser puro
repleto de bromuro.

Y le miraron los dos
con óvalos de bismuto
y se hicieron uno
dentro del conjuro.

Y estaba todo lo creado
y todo lo pensado,
realidades a pares
que bailaban en los mares.
Una energía traslúcida
que del todo era única.

Gracias a usuario 7854 por la foto

El petardo

El petardo

Un petardo explosivo
se encontró con un mendigo,
de nombre Rodrigo,
y le preguntó un tanto aturdido:

“¿Y si hago explosión?
¿Y si por una vez me derrito?”

“Se te elevarán los sentidos
y perderás los remilgos.
No hay mejor forma
de conocer el infinito.”

“Pero tengo miedo
de quemarme en el destino
y de que no quede testigo
tras el último estallido”

“Eres un petardo,
y no amigo del sigilo.
Eres como el fuego fatuo
pero de bolsillo.

Así que haz estallar tu boom
y esparce el estruendo contigo,
hay mucha verdad
en ese fogoso sonido”

Y se bautizó como Piros
y sintió por fin alivio,
de verdad estaba vivo,
tenía carácter alcalino,
alma de encendedor antiguo.

Nada quemaba,
ni tampoco hacía frío,
solo veía una llama
de color prístino.

Y al fin lo hizo,
prendió su hilo;
y se esparció por el aire
bramando como un pellizco.

Gracias a StockSnap por la foto

Los erizos de colores

Los erizos de colores

Los erizos de colores
jugaban entre bastidores
y miraban a las marionetas
que tenían largas trenzas,
y eran tan coquetas
que en las manos daban vueltas.

Pero había uno llamado Mauricio
que todo le sacaba de quicio
y como no tenía respuestas
fue a buscar a la Alcahueta.
Era una anciana menuda
repleta de arrugas,
más algunos la tenían por sabia
ya que nada le daba rabia.

Y le miró con esa tez tozuda
y con su ojo de alubia:

“No soy de alta alcurnia
ni conozco la calumnia,
solo vivo en este monte
que perteneció a un conde.

Pero veo todas tus dudas
en toda la espesura
y todos tus miedos
retorcidos como espliegos.
Libérate de tus apegos
y ya grita al cielo
y a todo lo longevo,
pues no hay más cura
que el conocimiento
de todos tus tropiezos.
Este es mi consejo experto.”

Y miró a la anciana
con el ojo prieto,
y ya no era un erizo,
ni lagarto, sino un celentéreo
lleno de colores y amuletos.
Una criatura iridiscente
capaz de subir la pendiente.

Y volvió al teatro
y se subió al escenario
para jugar con las marionetas
que ahora llevaban coleta.
Todo había pasado;
las palabras de la Alcahueta
le habían coloreado la silueta.

Gracias a Liudmyla Denysiuk por la foto.

La leyenda del párroco

La leyenda del párroco

Y entré en un vórtice
que estaba lleno de pájaros
y todos cantaban al unísono
la leyenda de un párroco,
que había venido de muy lejos,
más allá del Atlántico
donde volaban los peces
y sonreían los náufragos.

Había venido por casualidad
por un hecho caústico,
tan vibrante y fértil
como elegiaco.

Y vio multitud de sirenas
que le rodearon con sus cánticos
con sus cuerpos espumosos
y sus redobles oceánicos.

Y allí en medio
del placer más catártico
supo que las mareas
podían contener el orgasmo.

No había saber pragmático
ni desdén diplomático,
no había obra ni fe,
ni orden tolemaico.

Solo un calor creciente
capaz de derretir el Ártico,
capaz de envolver las olas
con el goce más tántrico.

Y entonces salieron del vórtice
un par de albatros
para susurrar la leyenda
a todos los barcos.

Y los años pasaron
en las carnes del párroco,
ya tenía arrugas
cerca de los párpados.
Y allí estaba en los mares
rodeado de sus vástagos,
de toda su prole
que le envolvía de abrazos.

Gracias a Dominique Lelièvre por la foto

La reina de las abejas

La reina de las abejas

Pero era tan coqueta,
tan de otro planeta
que solo con mirarla
se desvanecía su silueta.

Y lucía entre montañas
su rostro de cosecha,
su ajuar de lencería
y también de otras prendas.

Y extendía sus piernas
entre valles y lagos
para decoro de los peces
y de las fieras.

Ella era como la brisa
y como la iglesia
con ese perfume a incienso
que todo lo eleva.

Pero tenía la mirada de fuego,
llena de piedras,
tan calientes y pulidas
como la basfemia

Y ahora…

La lava del Vesubio
que salpicaba Eratrea
recorre tu cuerpo
y tu rizada melena.

Y te toco los pies
con suma sutileza
y me entra la fiebre
de amante y de poeta.

Tú eres los versos candentes
que avivan la realidad incierta,
la llama perdida de Erasmo
que prende la materia.

Eres un tesoro
de grandes riquezas,
con pocas monedas de plata
y ninguna bagatela.

Eres el fruto de la tierra
que se expresa de mañana
y en la madrugada
como un suave néctar;
y se entremezcla en mi tostada
y en mi boca reseca
pues no hay intersecciones
para tus líneas paralelas,
esas que parten de tus piernas
y colorean tus arterias
hasta llenar de fuego
las marismas de tu cadera.

Porque tu conoces los secretos
de la realidad hueca.
Esa que estuvo
antes de nacer la tierra;
cuando paseabas desnuda
en medio de la naturaleza,
con esa figura esbelta
llena de pecas
y de semillas de fresa.
Y te pusiste de cuclillas
y diste una voltereta
para llamar al equinoccio
de las abejas.
Porque eras su símbolo,
su madre reina,
por eso sabes a miel
por eso sabes a jalea
como un dulce lamido
al corazón de la colmena.

Y siguió una explosión
y te hiciste un vestido
de hojas y lentejuelas.
Y besaste el sol
y todas las estrellas
para acariciarlas una a una
hasta llegar a Casiopea.

Y ahora estás en mi cocina
jugando con una magdalena,
jugando con el azúcar
y con la cafetera.
Y las horas se enredan
en tu reloj de cuerda
ese en el que no hay segundero
ni tampoco fechas.
Todo es informe
y todo da vueltas
en esa sonrisa tuya
de la que nacen las abejas.

Gracias a DGlodowska por la foto

El fuego de los candelabros

El fuego de los candelabros

La risa de los candelabros
se mira desde todos los lados,
sean conocidos o extraños,
con esa llama en la cabeza
que en realidad es fuego fatuo.

Pues ilumina secretos
y confunde al funcionariado
en medio de las cenas
cuando rebañan los platos.
Entonces comienzan los halagos
y su luz incendia el aire y el recato
justo cuando se tornan las velas
y la sombras fluyen en anonimato.

Entonces…

Cuando las luces se apagan
y las cortinas quedan abajo
su llama flamea
en todos los cuartos;
con colores de acuarela
y velas de lazo
que son como un sostén
que se va desenredando;
y se caen los trapos
y se producen gritos y saltos
es la danza de la vela
que se da en el tercer acto.
Y luego duermen un rato,
de verdad están cansados,
tanto condesa como vasallo,
pero así son las pesquisas
de la vida de palacio.
Un movimiento suave
que reluce como oro en paño.

Capaz de incendiar el carácter
y los títulos nobiliarios
con una llama que quema
a más de trescientos grados.
Y su lengua de cera hablara
y desplegara sus relatos
una hoguera ardería
en todos los camastros.

Y ya por la mañana
cuando el fuego se ha apagado
los candelabros se visten de plata
para volver al trabajo;
y sonríen con descaro
y callan todo el rato.
Pues ahora la multitud
deambula como sonámbulos,
mezclando sus pasos,
esperando que la llama de la noche,
reavive su reinado.

Gracias Agzam por la foto

Los erizos del cobertizo

Los erizos del cobertizo

El prejuicio de los erizos
que salieron del cobertizo,
ese que estaba bajo tierra
y al que no llegaba la luna llena.

Y es que muy al principio
cuando eran chatos y con púas
les encantaba recitar a la luna,
pasar toda la noche en vilo
y recostarse hechos un ovillo.

Pero eligieron el martirio,
envolverse entre las dunas
y rodearse de cuchillos.
Ocultarse lejos de la luna
para no sucumbir a su hechizo.

Pero han salido del escondrijo
con palabras de membrillo:

“Querida señora,
su luz nos enamora
y nos vuelve locos;
como ve no somos pocos
sino docenas y docenas
con todos estos pinchos
y tantos otros palillos.

Pero queremos desnudarnos
y dejar ya el olvido,
ese que tanto nos ha confundido
y es que ahora vemos su aureola
que funde todas las formas,
que todo lo convierte en caracola,
y casi perdemos el sentido.

Queremos vivir como grillos
y cantar de noche a tu brillo,
transformarnos en renacuajos
e incluso en gigantes anfibios,
para zambullirnos en tu pistilo.

Queremos volver a la luz roja,
esa que es como ventosa
y ya no sombra venenosa.
Esa que se confunde con el vino
y abre de nuevo los apetitos.

Querida señora,
queremos volver al nido
como hace tantos siglos,
gozar de todos tus colores
y de tus gestos informes.

Querida señora,
su luz para nosotros es un himno
como el que cantan los periquitos
justo cuando salen de la tormenta
y abren ampliamente sus picos.
Un luminoso estribillo
con el que zumban los mosquitos
en el momento que la luz asoma
más allá del hundido cobertizo.

¡Ya no somos pájaro espino,
ni oscuro armadillo
que solo ve peligros
tras las agujas y los cuchillos!

Querida señora,
Por ti dejamos atrás las púas,
las calumnias y la culpa.
Solo queremos beber de tu brillo
que es como estanque de terciopelo
y de todos aquellos colores
que son reflejo de los soles.

Querida señora,
Al fin salimos del cobertizo,
queremos decirle hola
y luego besarla en la boca.
Hagamos el amor hora tras hora,
y seamos presa del delirio,
porque ahora confiamos en tu brillo,
y en todo tu reflejo amarillo.”

Gracias a Alexa_fotos

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