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Mes: septiembre 2018

Conversaciones con el tiempo

Conversaciones con el tiempo

Me levanté tras mucho vino
con la boca llena de larvas,
todo el traje roído
y sin poder usar el habla.
Estaba entre las matas y los pinos,
bien pasado el alba,
con barro en los tobillos
y arena en las mangas;
me salían murciélagos del ombligo
y piedras de la cara,
ya apenas escuchaba sonido
y tampoco ninguna palabra.

En medio del vacío…

Todo eran sombras sin sentido
que reptaban en nirvana,
amigos del delirio
y transeúntes del Karma.

Y extendí un dedo corrosivo
en medio de esta charada,
una especie de ruego anfibio
que iba más allá del dharma.
Y encontré al tiempo altivo,
vestido con sus mejores galas,
como una antiguo capitán de navío
que nunca suelta amarras,
ese que dominaba el destino
y los ritmos de la espada.

Y le pregunté,
Ay, tiempo, amigo mío
¿Por qué el agua me sabe amarga?
¿Es este el libre albedrío,
que está lleno de cataratas
o son las mentiras del Calvino
que se confunden con la mar salada?
Pues solo veo un ovillo
enredado como un mantra,
donde es imposible encontrar hilo
y mucho menos la calma.
¿Serán tus mareas un silbido
escondido entre tus baladas,
una especie de pez martillo
que grita por las mañanas
y que solo puede ser oído
tras el desembarco de las fragatas?

… Pero un silencio salino…
ya se escucha en las playas…

Y por fin llegué a Paramaribo,
donde la arena era naranja,
con los costados amarillos
y la respiración prana.

Y el tiempo se ha había escondido
de las escuchas y las miradas,
pues solo era un mito
que se reflejaba en el agua clara;
un cuento para los vivos
que resuena con la marejada.

(No hacia falta ni silencio, ni grito,
ni ademanes, ni palabras;
solo un tranquilo respiro
lleno de cantatas)

Gracias 851878 de Pixabay por la foto.

Diario de la espalda de una camarera

Diario de la espalda de una camarera

De tus labios yo bebería tu miel,
en hileras de ciempiés,
como aves de la mañana
que anidan sobre tu cama,
oliendo los hoyuelos de tu canapé,
allí donde hace noches rebusqué
tras los orificios de tu piel.

Pues es un camino largo el de tu espalda,
que empieza donde muere tu falda,
al lado donde nacen tus bragas,
esas de encaje y satén,
y de muelles y baladas,
una licra que visten las hadas,
cuando rara vez se tapan;
les gusta mostrar sus nalgas
y presumir de que no llevan faja.
Más ellas no son castas
sino fuego de corsé,
esas que bailaron sobre Babel
y casi convencieron a Atlas
de que un suspiro vale un santiamén,
y que una hora no son cien,
hasta casi dejar su carga
y poner el mundo a sus pies.

Pero tú no eres así.

Te veo dormida cerca de las tres
con tus cabellos salpicando tu cara,
son serpientes morenas y malvas
que se aglomeran cerca de tu garganta,
como si cantaran un mantra
que suena a ruso o a francés
como los hierros de Eiffel.
Y peleo por salivar tu labia,
esa que habla en sueño rem,
y que mira el mundo al revés,
pues estás desnuda como un alga
y empapas esta cama trufada,
como una sirena marinada,
mientras yo miro la escafandra
en este ten con ten,
pasando el índice por tu nuez
y las manos por tu piel mojada,
que se abre como canal de Suez,
pues ya no eres nuez moscada
sino azúcar de caña,
que se derrite sobre la cama
mientras al albor de la madrugada
repito una y otra vez…
De tus labios yo bebería tu miel,
en hileras de ciempiés,
como aves de la mañana,
que se acurrucan sobre tu cama.

Gracias a Carlos R por la foto.

La historia del mono Tolingo

La historia del mono Tolingo

La historia del mono Tolingo
que tira piedras desde su tresillo,
de tarde en tarde juega al bingo
y si no se va juerga con sus amigos.

Desde su árbol juzga el mundo,
escondido como un chiquillo,
con sus aires de vagabundo
y sus orejas de soplillo.

Si le cuentas un chiste,
te dirá “mira no lo pillo”,
pero si le ensañas alpiste,
al momento, te sacará el colmillo.

Y es que dicen que este mono tiene malas pulgas,
que en otra vida fue una bandido
pues siempre anda perdido en mil diabluras
de alcoholes y cigarrillos.

Parece que una vez habló a la Luna,
después de atusarse el flequillo,
para preguntarle ya pasada la una
si le gustaba el pepinillo.

Y la luna quedó ofendida, claro
y le negó por siempre su brillo,
quedando de noche sin faro
por tan estúpido chascarrillo.

Y desde entonces protesta a lo oscuro
y se repite tanto como un grillo,
“Lunita, Lunita te lo juro, te lo juro,
perdóname que solo fue un descuido”.

Pero ella sigue sin contestarle,
muda y velada como un armadillo,
pues no se fía de este primate
que sin duda se cree el más pillo.

“Pues a mí que me importa”,
grita con cara de pocos amigos
y parece que se le va salir la aorta
ante semejantes graznidos.

Y en la jungla ya no duerme ninguno:
ni las aves, ni los leones, ni los cocodrilos.
Y todos piensan, este mono tan capullo
debería haberse llamado Narciso.

Y ahora todos le imploran a la Luna
“Por fa, readmite a este mono pardillo,
así dejará de dar la turra
y todos volveremos al paraíso”

Y mientras ella se lo piensa
justo antes del rocío,
el vuelve a la gresca,
embriagado por ese aroma albino,
armado con su caña de pesca,
a ver si una mona le da cariño.

Y es que así es el mono Tolingo,
un primate ojeroso y barbilampiño,
que de tarde en tarde juega al bingo
y siempre que puede se va de vinos.

Gracias a WikiImages por la foto

El Mito de Prometeo

El Mito de Prometeo

 Mira…

Se escapa como un reo,
con un chispa entre las manos,
la llama hija del fuego,
secreto humeante de los arcanos.

Es el magma candente del deseo,
la pira mortificante de los humanos,
ira del Olimpo y del Ateneo
que abre las puerta de Jano.

Y entonces…

Nos entregó la caja de los truenos
y la piedra de los milagros;
una ventana para mirar al infierno,
una escalera para bajar el Tártaro.

Letras fogosas que huyen del ruego,
palabras que se esconden de los salmos,
pues convierten a los hombres en efebos
y queman en carne a los paganos.

¿Y dime, cuál fue tu pecado Prometeo?
¿Cuál fue tan vil acto,
que tiene tan lejos del Mar Tirreno
atado a las paredes del Caúcaso?

De un ave eres su prisionero,
esa que te arranca el hígado y el bazo,
un pájaro de mal agüero,
un reflejo de la sombra y del pecado*.

¿Pero es la llama origen del estruendo?
¿Es el fuego culpable del fogonazo?
¿Dónde se inicia la chispa del tormento
que mantiene el juicio chamuscado?

Quizás…

Es la visión naranja del yo quiero,
que derritió a Adán frente al manzano,
la sombra abrasiva del ego
de la que ninguno nos libramos.

Mírala desde lejos
como una fogata hacia los Cárpatos.
Pues no hay calor, ni cielo,
solo llamas en el ocaso.

*Pecado como dualidad
Gracias a Alexas_Phtos por la foto.

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