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Etiqueta: vida

La morsa Helena

La morsa Helena

Y veo una morsa
llamada Helena
que es un poco lenta.
¿Quizás la vida le pesa?
¿O simplemente le es ajena?

Pero sabe de letras,
incluso escribe poemas
sobre olvidados ascetas
que juegan con las estrellas
y se bañan en un mar turquesa.

Y cuando se sienta cansada
y le duelen las piernas,
se echa a un lado
para dormir la siesta.

Y sueña con una quimera
llamada Electra
que le habla de la vida
y de la conciencia
que está en cada célula.

“El universo es justo
porque es uno;
está en todos los lugares
y en ninguno.

Hay un microcosmos
en cada grano
de cada humano
y en todos los átomos.

Así que dame la mano
y emprende el nado
a ese mundo subacuático
que crees olvidado.

En esa realidad
encontrarás significado
y veras a los hados
que están por todos lados.

Y debatirás con los peces
incluso con los tiburones
que aún con malos humores
conocen ya los colores.

Y descenderás tan profundo
que serás una
con todo el mundo.

Un único universo
que no es ajeno
sino eterno.

Un único momento
tan quieto y silencioso
como el trueno.”

Gracias a NOAA por la foto

La semilla del árbol

La semilla del árbol

La semilla de un gran árbol
pudo ver su sustrato,
era un gran prado
en medio de un bosque abovedado.

Y allí había una piedra verde
de varios palmos
que hacía estragos.

“No seas reincidente,
corazón doliente,
pues la vida
no es como un saliente;
no hay tanto dolor de vientre
ni temores latentes.

Eso es solo mente.
Dale la vuelta al torrente
y cuenta hasta veinte
y recorre la ladera
que no está en pendiente.”

Y abrazó a la madre
del corazón caliente,
pues ella era el ambiente
y todo el amor verde.

Y la semilla se hizo árbol,
y abrazó el bosque de sus hermanos:
abetos, alcornoques o naranjos
que dormitaban
en medio del prado.

Gracias a jeff king por la foto

La luz del universo

La luz del universo

Y salté al cielo
porque estaba repleto,
tan lleno de vida
y de estalactitas
que se había parado
en un movimiento retrógrado
donde los astros,
todos apaciguados,
contaban historias
de cuando eran chatos.

Y vivían en una charca
de un solo paso,
y se daban las manos
y bailaban el tango
porque no había
tiempo ni letargo,
solo un silbido hidrogenado,
una bola de helio
que encadilaba a mil grados.

Y traería los nitratos
todos bien peinados
para dar paso a la tierra
recubierta de feldespatos.

Y encontré un paramecio
un poco aletargado,
pues solo tenía una neurona,
bastante burlona,
que sabía de calculadoras
pero no de abecedarios.

Y me dijo en un idioma binario
repleto de unos y cerapios:

“Déjalo ya, Carancho.
Olvida esa trágala mental
que te tiene varado.
Elévalo al cuadrado
y redobla la apuesta
como hicieron los astros.
Están todos arrejuntados
debajo átomo,
donde está la luz
del otro lado.”

Y me rodearon los rayos
que nacían de los hados,
y me dieron un abrazo
para dejarme dormido
en medio del cielo estrellado.

Gracias a geralt por la foto

El poema de la uva

El poema de la uva

Una uva me cantó una canción
con el sonido de las cunas,
en medio de la bruma
cuando no había duda alguna,
solo la noche y materia oscura.

Sobre sus soliloquios con la luna
que conoció hace milenios
mirando a las alturas,
supongo que más allá de la una
cuando jugaba con sus deditos
que estaban hechos de racimos.

Le contaba leyendas desconocidas
sobre los secretos de la vida,
de una luz muy poderosa
que rodeaba todas las cosas.

Y en esto apareció un puma
que le pirraba la fruta
y tal era su hambruna,
que casi la hizo pedazos
de un solo bocado.

La uva había quedado muda
ante semejante criatura
pero solo durante un rato
mientras miraba profunda al gato.

Y le habló del deseo
y también del apego,
de otros grandes misterios
que circundaban el ego.

“Se que podrías hacerme zumo
con solo acercar tu puño
y estaría muy rica
pues apenas tengo pepitas.

Pero has de mirar más adentro
donde están los secretos,
donde se guarda la sabiduría
y nace la serendipia.
Tu yo nos hemos encontrado
en esto consecuente acto.”

Y el puma le dio dos chupadas
y se fue con la mueca contrariada.

Y a la uva le nacieron pelos de punta
hasta parecer una lechuga,
pero siguió hablando con la luna
y gozando de su altura.

Contaba verdades crudas
para salir de la envoltura
mientras movía la cintura
al ritmo del azúcar.

Y así llegó a viejuna
sin apenas arrugas
con alguna comisura
e impoluta dentadura.

Gracias a Priscilla Fraire por la foto

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