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La canción de los delfines

La canción de los delfines

Y cantaban los delfines
cerca de los confines
del mar Mediterráneo,
donde no llegaban bergantines
ni tampoco colibríes,
solo peces espadines
y algún despistado corsario.

En un palacio de las profundidades
apostado entre todos los mares
lleno de angostos langostines
con pinzas de colores rubíes,
dispuestos a pincharte las nalgas
y dejar escapar los hematíes
en cuanto les dieras la espalda.

Y en esto habló Hidalgo,
Arcipreste entre delfines
y uno de los más cantarines,
una especie de cetáceo lagarto
que balbuceaba palabras sufíes
y primo lejano de los escualos.

Y pronunció entre síes
que no quería seguir cantando
si continuaban bajo aquel manto.

“Abandonemos el palacio carmersíe
para que puedan oírnos los barcos.
Volvamos a subir a la superficie
para conocer otros especímenes,
ver más allá de los límites
pues allí no solo hay delfines
y criaturas submarines
sino seres que se alzan varios palmos.

“No te creemos Hidalgo,
¿Para qué mostrarnos?
¿Y sí de nosotros se ríen,
o creen que somos un chiste
que contamos embustes y chismes?”

“Pondremos los puntos sobre las íes
y cantaremos sobre los confines
sobre la música olvidada de Osiris
y sobre el signo renovado de piscis.
Traeremos con nosotros lo sublime
junto con un montón de colorines
para que todos aquellos humanos
puedan salir ya de su letargo.»

Y así cantaron todos los delfines,
agrupados en miles y miles
esa música de los sinfines
que tanto habíamos esperado.
Nacía de sus branquiales laringes
llenas de místicos matices
que sonaban a acuosos tararíes
como cuando éramos pequeñajos.

“Gracias a todos los delfines,
por cantarnos desde confines”

Gracias a Ádám Berckez por la foto.

La leyenda del párroco

La leyenda del párroco

Y entré en un vórtice
que estaba lleno de pájaros
y todos cantaban al unísono
la leyenda de un párroco,
que había venido de muy lejos,
más allá del Atlántico
donde volaban los peces
y sonreían los náufragos.

Había venido por casualidad
por un hecho caústico,
tan vibrante y fértil
como elegiaco.

Y vio multitud de sirenas
que le rodearon con sus cánticos
con sus cuerpos espumosos
y sus redobles oceánicos.

Y allí en medio
del placer más catártico
supo que las mareas
podían contener el orgasmo.

No había saber pragmático
ni desdén diplomático,
no había obra ni fe,
ni orden tolemaico.

Solo un calor creciente
capaz de derretir el Ártico,
capaz de envolver las olas
con el goce más tántrico.

Y entonces salieron del vórtice
un par de albatros
para susurrar la leyenda
a todos los barcos.

Y los años pasaron
en las carnes del párroco,
ya tenía arrugas
cerca de los párpados.
Y allí estaba en los mares
rodeado de sus vástagos,
de toda su prole
que le envolvía de abrazos.

Gracias a Dominique Lelièvre por la foto

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