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Etiqueta: palabras

El resurgir

El resurgir

Miro las estrellas
por encima de mi cabeza;
están todas enteras,
son como un emblema,
una sílaba eterna
que nos conduce
y nos canturrea.
Recuerdo de otra era,
de una única cuerda
cuando no había poleas,
sólo una única fuerza
iniciática y primera.

Es ella, todo concuerda,
es como una sima,
una realidad conexa,
que parpadea
y se propaga
por todo el planeta.

Una simiente añeja,
la fábula de piedra,
donde dos espejos
mutuamente, se reflejan.
La edad dorada,
la crisálida mancomunada,
una canción de hermanas
que empieza a ser entonada.

La tierra tiene alma
y se caen las murallas,
hay abrazos en las plazas
y no más guerras declaradas;
significan las palabras
nada más son escuchadas
y se muestran las palmas
al resurgir la esperanza.

No hay tortura,
no hay negrura,
no hay hambruna
ni tampoco conjuras.

Las imágenes externas
que siempre centellean
pierden su entereza,
ante un universo
con una vida nueva;
se agrietan
y se disipan en la niebla
porque lo de fuera
no tiene agarraderas,
son sistemas o fronteras
que la mente proyecta.

La realidad es inmensa
y se recrea
como aquella cuerda,
aquella sonrisa risueña,
aquella chispa tremenda
que todo lo sustenta.

Gracias a Wikiimages por la foto

El muro de Kronos

El muro de Kronos

Estoy en un muro
lleno de cloruro,
pero se está destruyendo
a cada momento,
es como el aliento
de un rayo de incienso,
y mientras pienso
en este parapeto inmenso,
veo un jardín
lleno de flores
donde no hay pronombres
ni tampoco hombres,
solo figuras humanas
en continua danza,
en medio de la palabra;
un conjunto de ninfas
de edades merovingias
que encarnan sus entidades divinas
sin la necesidad de una biblia;
no hay consignas
ni mentiras
es el ritmo de la vida
que se descubre así misma.
No hay estigma
tampoco mirada sibilina,
no hay neblina
en aquel que mira.
Todo es prisma
tanto abajo como arriba.

Y veo unos leones dentoides
que cantan unos acordes
para entonar los corazones.
Y las abejas reinas
escapan de sus colmenas
dejando una esencia melva
mientras hacen piruetas,
y confunden a las nutrias
y a todas las comadrejas.

Y un oso saca el saxofón
para socavar el hormigón 
es un nuevo diapasón
que resquebraja aún más el paredón,
compendio ultrerior
del trueno de la creación.

Y en medio del lago
aparece un espejo
que se ve desde lejos
y desde el principio
de los tiempos.
Es la armonía del concierto
y la sonata del minueto.
Si te paras, de seguro
que lo estás oyendo.
¿Es el estruendo
del detenimiento
y el apogeo de lo quieto?
Todo un soneto
recubierto de versos
en el que los animalitos
miran su reflejo.

Un preludio halagüeño:
«No olvidéis el estruendo
que hay entre dos verbos
porque no hay predicado
ni sujeto.
Todo es arbóreo 
bajo el mismo suelo
que hunde sus raíces
hacia dentro,
y cuanto más lo escucho
más me lo encuentro.
Es como un fulcro
de lo que expreso,
el viejo sonido del universo.»

Y así entre los peldaños
y entre las pausas
voy entonando
la verdadera sonata
que no es alta ni baja,
pero suena clara
en cada parada.

Los animales vuelven
a sus juegos
y las ninfas a sus recovecos.
El muro se tambalea
sobre sus cimientos
de extremo a extremo.

Todo queda en polvo,
no más sollozos
ni tampoco enojo,
solo un contorno
de lo que realmente somos.
Y abro los ojos
y lo miro sin deterioro,
no hay aroma a cloro,
solo un jardín devoto
que enmudeció
al mismo Kronos.

Gracias a Leucrois por la foto

La confitera

La confitera

Y alcé la vista
y allí la vi
vestida de vainilla
con un chal de caramelo
y pendientes de guindas.

Me traía un regalo,
una promesa hecha de brisa
sobre todo el futuro
que bailaba en una cornisa;
una balada divina
de nueces y mandarinas
con un poco de nata
y jugo de almíbar.

Por fin la veía,
era mi amiga
durante muchos siglos
y tantas y tantas vidas.
Una confitera
que jugaba a la alquimia
entre los árboles frutales
y las palabras exquisitas.

Y puso ante mí
un contrato sabor sandía
lleno de posibilidades
y sin ninguna pepita.
Era el momento de la firma,
la cita definitiva
con un mantel de cuadros
y pasteles de mantequilla.

La voz de los artistas
de las letras y la fantasía,
un bizcocho de helado,
mango y harina.

Y allí delante puede
ver toda mi vida,
todos los entreactos
que se daban en la cocina.
Mientras el horno
movía su ruedecilla
y en la sartén
saltaban las torrijas.

Por fin había encontrado
a mi confitera amiga
que podría mis recetas
en todas las librerías.

Gracias a Muneer ahmed por la foto

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