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Etiqueta: quieto

El muro de Kronos

El muro de Kronos

Estoy en un muro
lleno de cloruro,
pero se está destruyendo
a cada momento,
es como el aliento
de un rayo de incienso,
y mientras pienso
en este parapeto inmenso,
veo un jardín
lleno de flores
donde no hay pronombres
ni tampoco hombres,
solo figuras humanas
en continua danza,
en medio de la palabra;
un conjunto de ninfas
de edades merovingias
que encarnan sus entidades divinas
sin la necesidad de una biblia;
no hay consignas
ni mentiras
es el ritmo de la vida
que se descubre así misma.
No hay estigma
tampoco mirada sibilina,
no hay neblina
en aquel que mira.
Todo es prisma
tanto abajo como arriba.

Y veo unos leones dentoides
que cantan unos acordes
para entonar los corazones.
Y las abejas reinas
escapan de sus colmenas
dejando una esencia melva
mientras hacen piruetas,
y confunden a las nutrias
y a todas las comadrejas.

Y un oso saca el saxofón
para socavar el hormigón 
es un nuevo diapasón
que resquebraja aún más el paredón,
compendio ultrerior
del trueno de la creación.

Y en medio del lago
aparece un espejo
que se ve desde lejos
y desde el principio
de los tiempos.
Es la armonía del concierto
y la sonata del minueto.
Si te paras, de seguro
que lo estás oyendo.
¿Es el estruendo
del detenimiento
y el apogeo de lo quieto?
Todo un soneto
recubierto de versos
en el que los animalitos
miran su reflejo.

Un preludio halagüeño:
«No olvidéis el estruendo
que hay entre dos verbos
porque no hay predicado
ni sujeto.
Todo es arbóreo 
bajo el mismo suelo
que hunde sus raíces
hacia dentro,
y cuanto más lo escucho
más me lo encuentro.
Es como un fulcro
de lo que expreso,
el viejo sonido del universo.»

Y así entre los peldaños
y entre las pausas
voy entonando
la verdadera sonata
que no es alta ni baja,
pero suena clara
en cada parada.

Los animales vuelven
a sus juegos
y las ninfas a sus recovecos.
El muro se tambalea
sobre sus cimientos
de extremo a extremo.

Todo queda en polvo,
no más sollozos
ni tampoco enojo,
solo un contorno
de lo que realmente somos.
Y abro los ojos
y lo miro sin deterioro,
no hay aroma a cloro,
solo un jardín devoto
que enmudeció
al mismo Kronos.

Gracias a Leucrois por la foto

La rata cata-rata

La rata cata-rata

La rata cata-rata
vuelve a la carga
con su pro-rrata,
un ruido de fondo
que siempre está allí
como poso, muy hondo.

Se queja y se queja
de todo lo que 
le pasa por la cabeza,
de que si la realidad
no es lo que debiera,
que si su vecina
la trata como una cualquiera.

«Rata rata rata rata»
palabras enroscadas
que resuenan
como una campana.

Pero un día
coincidió con un brillo 
conocido como Alivio.
—Es usted muy vivo—
le dijo.
—Ya, es que no soy
lo que digo,
soy solo un atisbo
de un haz tranquilo,
está detrás de ese corrillo
de pensamientos sin sentido.
Un silencio convenido
entre tanto animalito.

Rata rata rata
—Pero ¿qué dice?
Todo suena excesivo.
¿Un todo no discursivo?,
¿un todo en el oído?.
¿Un postre sin membrillo
o filosofía del delirio?
Es usted un rayo acústico
que se cree el único.

—No se encontrará
perdida en el bullicio
ni el juicio
de todo lo percibido.
SI lo mira de lleno
verá que todo está vacío.

¿Rata?

Y la rata quedó callada
una larga temporada,
estaba ensimismada
mirando figuras lejanas,
no había voces en su testa
ni tanta cantinela;
solo había belleza
allá donde viera.
Toda la vida entera
sumida en una esfera,
un lenguaje de silencios
recubierto de arpegios
que fluía desde dentro.
Un idioma viejo
donde todo estaba quieto.

Y la rata y Alivio
se miraron por milenios
hasta llegar al comienzo,
todo tenía sentido
pues ya no había tiempo.

Y se fueron sin hablar
cada uno a su hogar,
un gran un mar
de enorme rata-quilidad.

Gracias a JonPauling por la foto