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El cuento del Califa

El cuento del Califa

I

Veo en la morada
de la campiña
dos sillas antiguas,
pertenecieron a un califa
experto en intrigas,
pero ahora desde la mirada
con el pasado
en perspectiva
todo adquiere
un aspecto intimista.

Allí en medio
de un jardín longevo,
tras tres o cuatro metros,
se oye la voz de un eco,
es un mensaje convexo
curvado hacia dentro
donde los sonidos
rebotan como truenos.

“Soy la sima
de todo lo que divisas;
soy las pistas
y todas las vistas,
porque justo en medio
de la realidad estricta
hay una capa de parafina.
No es nimia,
tampoco es infinita,
solo es la sombra del califa.
que recuerda sin alegría
aquellas penurias divididas;
cuando la mente era
su lugarteniente
y su mayor contendiente.
Todo lo tenía pendiente,
todo era exigente,
un reino penitente
del pensamiento siguiente;
una muralla ovalada
de estuco y piedra calcárea,
una pared abovedada
con barro apilada.»

Y allí en medio de la división,
en medio de la escisión,
el sumo censor
se enroscaba hacia el interior,
pero no escuchaba la voz,
solo el susurro y el candor
que ardía en Jericó.
Ciudad sitiada
por un conjunto de llamas,
sumida en una revolución,
una vieja prisión
perdida en un neurotransmisor.

“Califa, respira
es ley de vida.

Califa, lo que ahora miras
es un prisma,
una bella metonimia,
una proyección evasiva
que se junta en el enigma.
Toda la vida,
toda forma constitutiva
no es continúa,
tan siquiera sucesiva.»

Pero el califa
no comprendía,
solo se fiaba
de lo que veía,
de sus creencias
y mirada mezquina.

II

¿Y si la realidad se sostenía
a sí misma?

Quería continuar con su agonía,
reinando con supremacía
del Nilo a Alejandría.
Muchos hablaban de su pericia
y su penumbra mortecina.
Pero en aquel jardín,
en aquel palacio Magrebí,
tras el sendero de jazmín, 
todas sus penas se
juntaban hacia sí. 
Muerto estaba,
enlutado y de postín,
un cadáver cadavérico
que solo esperaba el fin.

Componía canciones
de los misterios sufís
era un creyente alterno,
el último muerto
en medio de aquel huerto,
quería rezar un padre nuestro
y recomponer su testamento;
había sido un cruel guerrero
que ahora pasaba por reverendo.
Convenía en el advenimiento
justo antes del destierro,
era un único cuerpo
que miraba su entierro.

Se encontraría con sus viejos
y los que antes eran pequeños,
en un mundo de sueños
que se curvaba como un amuleto.

Y allí los recuerdos
silbaban con los truenos.

Si su mano no hubiera
degollado por cientos,
si hubiera entendido
antes al cordero,
¿por qué justo
en este momento
que se encaminaba
al sendero?

Ya se producía el incendio
con sumo estruendo,
se desligaba de su cuerpo
y emitía el último aliento.

Y allí, a lo lejos vio
como se disgregaba su ejército
y la orden de mérito,
estaba arrepentido
desde el comienzo.
¿Visitaría el infierno
u otro paraje cruento?

III

Pero divisó un ángel,
llamado Seleno,
que le detuvo antes
de que pagara al barquero.

“Aún no estás muerto,
eres testigo de que
apenas has vivido,
estás en tu propio concilio
donde nada está dividido,
donde no hay nada finito;
¿Oyes el ruido
del fuego consumido,
y todo el hastío
al que te has sometido?

Antes de caer en el olvido,
antes de darte por perdido,
antes de que revivas
en otro siglo,
tienes derecho
a manifestar tus designios.

—He sido cruel y maligno,
furtivo asesino,
un hijo putativo,
un monarca abusivo;
ahora lo percibo
(en medio de este juicio
que marca mi nuevo destino.
He promovido el infortunio
y no he sido compasivo;
ahora que lo miro
no encuentro alivio.

Si hubiera sido capellán,
si hubiera rezado a Abderramán,
pero ahora estoy en el estertor
en el último lugar.

Ya no hay ademán,
no hay nada que perdonar,
solo pagar
todos los males que tuve
a bien procurar.

—Pero pareces arrepentido
—Si quiera lo distingo.
—La duda es el primer
paso del adivino.
La duda acerca
los pasos a Cristo.
—Pero estoy consumido,
ya en el último soplido,
derretido por las llamas
del último hijo.
—Realmente no hay castigo
es solo un esfuerzo de equilibrio.
—Entonces me dedicaré a rezar
por las vidas que no puede evitar.
—Parte entonces
hacia el último mar,
tú que fuiste hijo de Alá.

Con buenos ojos
no te recordarán,
y tú memoria
algunos pisotearán.
Pero renacerás
para recompensar
todas las inmundicias
de tu fiera codicia,
la espada que mutila
y cuchillo que afila.
Como el consorcio decía:
renacerás en una misa
sin madre ni nodriza,
de otros serás curandero
para evitar su sufrimiento,
recuerda que eres bello
y que esto es solo un juego.
Te nublaste de apego
y te creíste sediento,
pero no estabas
en el desierto,
tan siquiera
estabas muerto.
Vivirás muchas vidas
hasta conocer
la verdadera alquimia
en la que la pupila
no estará dividida
para ver a la vez
toda la película.
No hay otro destino
que volver de donde
has partido.
Adiós, hijo mío.

Y así el califa emitió
su último suspiro.
Y en el jardín del olvido
aún se pueden
oír sus quejidos,
pero todavía hay un latido
de lo que puedo haber sido,
unos pequeños lirios
marcan el nuevo destino
de aquel sultán perdido.

Gracias a Levi Meir Clancy por la foto