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Categoría: Poemas de la sombra

Poemas de la sombra. Que surgen del inconsciente, de lo que está oculto, de lo que no queremos ver.

El Alfa y el Omega

El Alfa y el Omega

El Alfa y el Omega
al parecer eran dos letras
como dos islas griegas,
ya bastante añejas,
que entraban en guerra
cuando discutían entre ellas.

“¿Por qué todo lo comentas?
¡Anda, Alfa esa sí que es buena!
¿Pero qué dices, Omega?,
protestaban en respuesta.»

Hasta que un día leyeron
un proverbio en una galleta:
«Si conoce lo que suena
y apenas parpadea
algo debe saber
de lo que alardea.»

Y una tarde se fueron de juerga
y perdieron algunos trazos
por darle mucho al vaso,
y por fin se hicieron caso
y se hablaron como en años.

“Yo te quiero, Omega
pues eres tan bella,
pero tienes que
liberarte de tu pena,
esa que te atenaza
desde que eres enana.»

«Y yo te quiero a ti, Alfa
desde antes del alba
y de que tuviéramos casa.
Tienes que librarte de tus miedos
y de todos tus tropiezos.
Ya no hay culpa,
ya no hay penuria;
solo un sol abierto
en mitad del cielo.

Y se dieron la mano
como dos renacuajos
y miraron al infinito
con ojos de corpiño
y allí vieron el inicio
sin ningún resquicio.

No había realidad envuelta,
ni ninguna cubierta,
solo un ser puro
repleto de bromuro.

Y le miraron los dos
con óvalos de bismuto
y se hicieron uno
dentro del conjuro.

Y estaba todo lo creado
y todo lo pensado,
realidades a pares
que bailaban en los mares.
Una energía traslúcida
que del todo era única.

Gracias a usuario 7854 por la foto

El petardo

El petardo

Un petardo explosivo
se encontró con un mendigo,
de nombre Rodrigo,
y le preguntó un tanto aturdido:

“¿Y si hago explosión?
¿Y si por una vez me derrito?”

“Se te elevarán los sentidos
y perderás los remilgos.
No hay mejor forma
de conocer el infinito.”

“Pero tengo miedo
de quemarme en el destino
y de que no quede testigo
tras el último estallido”

“Eres un petardo,
y no amigo del sigilo.
Eres como el fuego fatuo
pero de bolsillo.

Así que haz estallar tu boom
y esparce el estruendo contigo,
hay mucha verdad
en ese fogoso sonido”

Y se bautizó como Piros
y sintió por fin alivio,
de verdad estaba vivo,
tenía carácter alcalino,
alma de encendedor antiguo.

Nada quemaba,
ni tampoco hacía frío,
solo veía una llama
de color prístino.

Y al fin lo hizo,
prendió su hilo;
y se esparció por el aire
bramando como un pellizco.

Gracias a StockSnap por la foto

El planeta Tarento y el palacio

El planeta Tarento y el palacio

Y subí a las estrellas
en busca de una prueba
que determinara la espera.
Y encontré la estatua de la alteza
del tiempo y su rueda
y una gran bola que la detuviera.

Todo se paró como el cinquecento.
No había preludio, ni desconcierto,
solo una sombra inmensa
y una mancha llena de tormento.

Y por fin vi al planeta Tarento
que canturreaba una sonata
frente al desconsuelo:

“No existe el desespero,
ni la falta de alimento,
solo es la pérdida ante el deseo
que oscurece la forma
y engorda el tormento.

Pero es una ilusión mental
ante el agotamiento.
Corre hacia la bruma
y salta sobre la duda;
ahí está la cura
que envuelve las alturas
y está junto al suelo;
al lado de tus abuelos
y todos tus ancestros.

Ella está cambiando,
momento a momento,
con toda la conciencia
de tu querido pueblo.”

¿Por qué Tarento?
¿Por qué no veo
entre el fuego?

“Porque esto es un juego,
no hay realidad
ni tampoco luego,
solo una sucesión de hechos,
sin principio ni comienzo.

Si miras entre las sombras,
verás el cebo
y tras la pérdida
un palacio inmenso.”

Y a él me encaminé,
despacio pero contento
pues contenía todas
las luces del universo.

Era el yo y era el ello,
no había división,
ni había sustraendo,
era la visión del todo
y del esparcimiento.

Y antes de deshacerme
le pregunté:
“¿Eres Dios?
¿Eres todos los cimientos?”

Y el se rió
como un chiquillo despierto
peinado con destellos.
Y me puso la cara
en el pecho
y el universo se deshizo
en miles de momentos.

Gracias a LoganArt por la foto

Los erizos de colores

Los erizos de colores

Los erizos de colores
jugaban entre bastidores
y miraban a las marionetas
que tenían largas trenzas,
y eran tan coquetas
que en las manos daban vueltas.

Pero había uno llamado Mauricio
que todo le sacaba de quicio
y como no tenía respuestas
fue a buscar a la Alcahueta.
Era una anciana menuda
repleta de arrugas,
más algunos la tenían por sabia
ya que nada le daba rabia.

Y le miró con esa tez tozuda
y con su ojo de alubia:

“No soy de alta alcurnia
ni conozco la calumnia,
solo vivo en este monte
que perteneció a un conde.

Pero veo todas tus dudas
en toda la espesura
y todos tus miedos
retorcidos como espliegos.
Libérate de tus apegos
y ya grita al cielo
y a todo lo longevo,
pues no hay más cura
que el conocimiento
de todos tus tropiezos.
Este es mi consejo experto.”

Y miró a la anciana
con el ojo prieto,
y ya no era un erizo,
ni lagarto, sino un celentéreo
lleno de colores y amuletos.
Una criatura iridiscente
capaz de subir la pendiente.

Y volvió al teatro
y se subió al escenario
para jugar con las marionetas
que ahora llevaban coleta.
Todo había pasado;
las palabras de la Alcahueta
le habían coloreado la silueta.

Gracias a Liudmyla Denysiuk por la foto.

Destello del cielo

Destello del cielo

Y vi entre las nubes un destello
rizado como un cabello,
una cuerda para subir al cielo
y discutir con los de arriba
el porqué de tanto trasiego.

¿Sería todo aquello una epifanía
o un soleado monasterio
donde los ángeles se amontonaban
juntitos hacia el centro?

Y me preguntaron :

“¿A que has subido muchachuelo,
a ver si de verdad hay sujeto,
si hay significado tras el soneto
o algo que luzca entre lo bello?

No solo hay cuerpo,
ni todo es pequeño
dentro, muy dentro
escondidos hay misterios.”

Y en esto se mostró Anselmo
tan longevo como inquieto
saltando de un lugar a otro
en los arrabales del viento.

Pero no quería escucharle,
quería seguir subiendo
y conocer la verdad
de este triángulo escaleno,
en el que cada peldaño
era uno de sus catetos,
una escalera hacia el cosmos
y hacia el último evento.

Luz de luces,
paradigma de advenimiento
que das cobijo a los ángeles
desde el comienzo.

Y la luz se desplegó
en el apogeo del destello
y me bajó a la tierra
para obtener consuelo.

Con la piedra, el asfalto,
donde todo tenía forma
y todo tenía peso.
Aquello que no comprendía
por ser un poco denso.

Y apareció la madre
con un lucido beso
guardado en la mejilla
desde hacía tiempo.
Y me miró profundo
como en un sueño,
en este relato terroso
que en verdad era un cuento.

<Gracias a la madre tierra
por su forma>

Gracias a Adriana Wojakowska por la foto.

El bazar a lo lejos

El bazar a lo lejos

Y vi un bazar a lo lejos
en medio de un páramo
metido entre riscos
y entre hojas de cáñamo.
Y allí vivían unos seres extraños
que no tenía párpados
y veían la realidad en cuatro lados,
junto todo el mundo y sus vástagos
en archipiélagos concentrados
tan diminutos como un átomo.

E hicieron una poción
de color cobalto
con un sabor terroso
y caliente como un caldo.

Era el momento del fuego
del péndulo dorado
donde todas las sombras
se mostrarían por un rato;
para recordar al tártaro
o el infortunio inadecuado
con un mesías negruzco
que parecía chamuscado.

Pero no era tal,
solo una duda mísera
que se había petrificado,
dentro de un espejo
donde habitaba el villano
cerca de un espacio cóncavo
en la fauces de un hexágono;
un espacio multicolor
a punto de ser catapultado.

Solo había que dar un paso:

Y volé hacia el mercado,
hacia el bazar de los astros
donde estaban los dioses
y los seres sin párpados.
Todos allí aglomerados
haciendo predicciones
sobre rocas de alabastro;
desprendiendo especias
de un color jaspeado,
un aroma mágico
que recordaba al primer árbol.

Y allí lo vi plantado
robusto como antaño
sin nada separado.
Un magnífico Sálamo
que se manifestó un sábado
en una fiesta concéntrica
donde bailaban los humanos.

Gracias a Laurentiu Morariu por la foto

El río dorado

El río dorado

Y salté al vacío
tras muchos siglos
donde todo estaba oculto
y un poco ennegrecido.

Y aterricé en un río
de color amarillo,
dorado y exuberante
como al principio.
Y empezó a fluir hacia
lo desconocido,
hacia lo jactancioso y elevado
incluso hacia vespertino.
Y todo brillaba,
todo allí era muy vivo
de aguas trasparentes
que Iluminaban como el vino,
con tesoros flotantes
en medio del camino.

Y al fondo vi un castillo
macizo y elevado,
en un meandro del río.
Parpadeaba en vilo,
todo alargado
y todo escondido,
rompiendo los colores
en miles de trocitos.

Y me acerqué con sigilo
como si fuera un chiquillo
a escuchar todos los sonidos
que pervivían en el olvido.
Y justo en ese momento
una sombra de color olivo,
briosa y extendida,
me susurró al oído:

“Por fin te has atrevido
a saltar al vacío;
llevas tanto escondido
que has olvidado el camino,
pero este río te empujará
hasta el centro de tu destino,
donde fluyen las letras
y todos los escritos.

El miedo es una mampara
que nubla el juicio,
te aísla de los demás
incluso de ti mismo.
No hay nada que temer,
no hay resquicio clandestino
todas las sombras se evaporan
al nadar en el río.

¿No ves que es exuberante,
espumoso y vitalicio?
Es la corriente que te une
hacia al castillo,
donde están todos los sonidos,
todos los fonemas
del libre albedrío.
Una mano esponjosa
que llena el apetito.

No temas querido amigo,
nada como siempre
y tanto has querido,
con los brazos hacia delante
y con espíritu atrevido.

… Ella ya está en el río
con los brazos abiertos
y su sonrisa de membrillo
esperando en la aguas
en medio del camino…»

Gracias a Larisa-K por la foto.

El mastín y el miedo

El mastín y el miedo

Y miré a la ventana verde
que estaba oculta en el cielo
donde nacían todas las sombras
y todos los riachuelos;
lloraban en la penumbra
como pequeños mochuelos,
todos ocultos en el diafragma
que tenía siete velos.

Era un camino de esmeraldas
lleno de brillantes y terciopelo
que tenía pepitas de oro
enredadas en mi pecho.

Y me hundí en el pozo
del perdido invierno
donde había un mastín
que representaba el miedo.
Tenía ojos grandes
y garras de perrero
y un hedor menguante
que olía incienso.

Y me empujó hasta
tirarme al suelo
para enseñarme las señales
del inminente advenimiento.

“No te ocultes más
y no seas traicionero,
abre ya la mano
y estira los dedos.

Que todo el trabajo
ya está hecho
y lo único que te detiene
es este miedo varado
entre el segundo acto
y el tercero.
¿No ves que no soy un perro,
solo una imagen
que se derrite en el espejo?

Anda ya a la trompetas
que escupen fuego
donde cantan los poetas
y viven los eternos,
donde no hay mentiras,
ni tampoco silencios;
solo un gran magma
que forman los anhelos.»

“… Y no te olvides de ella
que vive cerca del cielo
donde se juntan los colores
del verde y del te quiero…“

Gracias a Jan Steiner por la foto

El eclipse

El eclipse

Y miré profundo en la tierra
para ver la imagen de mi conciencia.
Estaba allí prieta, despierta,
haciendo un juego de manos
frente a una estafeta.

Y me marcó un camino de piedras,
todas de colores y algunas negras,
que hacían un círculo
al final de una escalera.
Así que subí por ella,
hacia el cielo
dando saltos con las piernas.
Y vi la imagen de una verbena
de espíritus de la trastienda,
todos vestidos en plata
en pos de una quimera.

Y me cantaron:
“Deja ya las bagatelas,
y anda por la hacienda
que está llena de riquezas
y de muchas otras fiestas”

Y alcancé el sol
con un mestizaje de epopeya;
y muy dentro, en su interior
vi una luna repleta.
¿Cómo era esto posible?
¿Es posible que no entienda?
Y se unieron los dos
como si fueran una pareja.
Una fusión del fulgor
que rompía las barreras.
No había ella, no había yo,
no había armazón,
ni tampoco esquema.
Solo una luz multicolor
que coloreaba la escena.

Y estábamos todos en la visión,
todos en la trastienda.
Éramos todos el mismo ser;
una única consciencia,
que estaba hecha de amor
y nutría la existencia.

Y extendí un dedo
y noté todo su calor
del brazo a la cadera
y lo sentí en mi interior
desde épocas pretéritas.
Nunca me había abandonado
nunca vagué por cuenta ajena.
Toda la separación
era una ficción
construida por mi cabeza.
Y allí en mis venas
encontré toda la creación
desde la luz del sol
hasta el rostro de la luna llena.

Gracias a Jongsun Lee por la foto

El narciso

El narciso

Y vi en el horizonte un narciso
solo y desabastecido
y fui a llevarlo a un bosque
que me era muy querido,
cerca de un alcornoque
que tenía tres o cuatro nidos
y se sentía como un roble
allí en medio del camino.

Y graznaba como un estornino
al mundo de los hombres
en mitad del campo vespertino,
pues tenían que soltar su voces
y escapar por fin de su delirio.

Y nada más verme me dijo:
“Ya no hay ningún escondrijo,
finalizado está este periplo,
extiende tus brazos enjutos
y mira los suculentos racimos.
Ya están dando sus frutos,
ya viene todos juntos,
ya están todos unidos,
como un torrente colorido
y como una tarde en el circo.

No olvides lo que has sido
y sal de ese campo de espinos
que no te hacen bien sino esquivo.
Y mira ya el río de tus letras
que rompe todas las grietas
y abre la realidad entera.
Ellas te tratarán con mimo
pues viene cargadas de trigo
y de color verde pino.
Ellas serán tu emblema
y caminarán por la tierra,
darán de beber a los hijos
y a todos los niños.
Y de nuevo abrazarás el árbol
que tanto has querido.”

Y el poeta salió del cobertizo
para por fin andar el camino
y camino con los estorninos
hacia su más verde destino,
mirando al alcornoque
y a todos sus nidos.
Y recogió de nuevo su narciso
que era bello y lucido
para ser él mismo,
como siempre había sido.

Gracias a Aaron Burden por la foro