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Etiqueta: ardiente

Mi amor y el tuyo

Mi amor y el tuyo

E intentó hablar desde lejos,
no había silencio sino arpegios
y diminutos cuantos de conocimiento;
que la envolvían como una esfinge
dentro de la selva Virgen…

Y llegó andando desnuda
con toda su hermosura
y con pliegues en su piel rosada
que eran como la nieve blanca.

Y me dijo muy cerca,
casi abriendo la puerta:

“He seguido la senda de los nibelungos
y he visto 300 mundos,
pero ya no queda ninguno
todos han sido derruidos
como mi amor y el tuyo.

Pero hay una escalera
que lleva a la azotea
y en ella podrás ver
todo lo que cuenta.»

Y subí a las esferas
para ver todas las puertas,
todas las realidades
algunas descomunales.

Pero solo podía verla a ella
lejos en la tierra,
entre bosques y maleza.

Y pedí un deseo
que era como un amuleto
y estaba hecho de fuego

“Suelta, suelta y haz
de tu realidad terrena
mil vidas paralelas.”

La vi de camino hacia Casiopea
toda esbelta
llena de hermosura
rosada y desnuda.
Era una estrella
que brillaba eterna.

Y le dije adiós con la mano
mientras acariciaba los astros
estaban todos tan altos,
ardientes y relajados.

Gracias a Pexels por la foto

Tierra de lagartos

Tierra de lagartos

Y me levanté en una explanada
llena de lagartos;
estaban todos tan hartos,
muchos eran mancos
y llenos de colores pardos.

Pero conocían la historia universal,
esa que nunca de acabar,
pues no tiene final:
la forma se disolverá
y la esencia quedará.

Y se abrió un claro
en medio del contingente
del que se desprendió la fuente
con palabras en lengua ardiente:

“¿A qué tanto miedo?
Ya has llegado a la puerta;
siempre estuvo abierta
por más que amaneciera;
así que ya, entra.”

Y vi la llave del universo
que en realidad estaba hueco;
era como un cuento,
una fábula o verso suelto;
un gran destello
que se deshacía en mis dedos.
La luz permanecía
y yo despertaba del sueño.

Y en la tierra reptil
habló el gran lagartero:
que se dieran las manos
y abrazarían el fuego,
y subirían por la escalera
que tocaría el cielo,
siempre claro,
muy cerca del suelo.

Gracias a Freephotos por la foto

Ardena y el centinela

Ardena y el centinela

Y me levanté
y miré por la ventana
una ciudad de estrellas
con unas muecas lozanas
que de verdad hacían mella;
de dentro hacia fuera
pues no seguían regla,
ni tampoco teorema,
solo una estela
que flotaba como una vela.

Y se me acercó una esfera
que ardía desde la estratosfera:

“Soy Ardena,
la llama de estrellas,
la que no nació,
y la que no comienza.
Soy una quimera
en la inmensidad de la esfera
porque no se me ve
y justo estoy detrás de ella.
Pero la nutro,
soy el preludio que calienta,
la imagen que embelesa.
Muchos me creen centinela,
otros rara azalea
que vaga por el universo
ampliando sus fronteras.”

¿Pero si no nací,
cómo voy a estar muerta?
¿Pero si no morí
cómo es que sigo entera?

No me encontrarás
con la mente pétrea
esa solo habla
hasta acabar revuelta.”

Y en eso se acercó
volando el centinela
con esa cháchara negruzca,
redicha y funesta.

“No la escuches,
o yo dejaré de existir.
La realidad es incierta,
más vale prevenir
que morar a tientas.
Yo soy la solución
y también la respuesta.
No confíes en lo que no ves
ni en esa estrella mugrienta,
desdibujará tu figura
y también tus creencias;
y vagarás por el universo
con una estúpida mueca.”

Pero ya no quería escuchar
esas palabras inciertas…

Y miré a Ardena
y vi toda su belleza
volando entre astros
con su melena de cometa.
Estaba repleta y enérgica
pues era yo y todas las piezas.
La madre del universo
antes de que naciera.
Y me sonrió dulce
con sus dientes de gema
hasta iluminar la llama
que flotaba en la vela.

Y mientras me dormía
grité a espuertas:
“Ardena, Ardena
no desaparezcas
muestra tu mueca
y que todos te vean.»

Gracias a WikiImages por la foto.