El caballo y el pomelo
En medio de una charada
vi un pomelo
vestido de terciopelo,
tenía mucho pelo,
era muy coqueto;
un cítrico inquieto
que se llamaba Anselmo.
Y le gustaba jugar
a los sueños
con otros animales
del pueblo,
como al galopante Matías
al que le pirraban
los galimatías;
y montaron una carraca
para arengar a las masas
y demostrar que podían
ver lo que pasa:
“Mire, señor de rayas,
usted hará grandes hazañas
que durante tiempo
serán contadas,
siempre y cuando
salga de su casa.
Y la del chaleco
sin mangas
también será recordada,
no por sus nalgas,
ni por su lengua aplacada
sino por recitar
como los hados
palabros ensoñados,
fuego de pitonisas y magas
que como las tres parcas
no podrán ser silenciadas.
Y el de la última fila
que no tiene prisa
y tampoco tirita,
más vale que te vistas
y salgas a la vida
porque esta es finita
y aún estás en la
casilla de salida.”
Y en el tumulto,
todos se quedaron mudos,
no querían ser regañados
por el caballo
ni por el fruto;
estaban todos juntos
actuando con disimulo.
“Os vemos a todos,
que no se confíe ninguno,
hay claroscuros
y un medio actúo,
pero dentro de lo que
estaría en desuso
emerge lo uno,
allí nada es obtuso,
está el susurro
del demiurgo,
así que para el vulgo,
moved de una el culo.”
Y el caballo y el pomelo
siguieron por otros pueblos
haciendo de voceros,
una especie de pregón
de rocinante percherón
y sucedáneo de limón,
un aire ácido y citricón
para provocar al espectador
y que saltara de sillón.

Gracias a Atlantios y dexmac por las fotos en pixabay