Veo un recuerdo que emerge en fragmentos, tiene trescientos filamentos y se envuelve como un poliedro; pero me comunica un pensamiento de que no hay ello ni aquello; quizás todo es un sueño donde no hay regla ni dueño solo un aliento pequeño que vino del fuego. ¿Ya estoy muerto? ¿Y si no tengo cuerpo?
Oigo un redoble en el subsuelo que despierta a los lugareños, es la antesala de los abuelos, la línea del comienzo que resuena como resuello en alternancia con el cielo. ¡Pero si no es invernal ni su aliento si quiera es gélido ¿Por qué me siento desacompasado y cuando miro al espejo ya no me veo? ¿Qué es este concilio siniestro que vuelve mis ojos negros? ¿Es la sinfonía de los enfermos que hace palidecer cuando estás quieto? ¿A caso tengo miedo?
«Son los haces de los milenios», dice una voz con sonido ligero, «son las diatrabas del concierto, las divinidades que ya están viviendo y crean un tumulto en el terreno; el apagón de un trueno, el soliloquio tras el tormento y el plenilunio en el firmamento.
Es un quehacer longevo que nada deja impertérrito porque es el momento de cambiar hacia lo nuevo: nueva forma, nuevo misterio; un nuevo ciclo con todos en el medio. No soy yo, no hay sujeto, no hay predicado, ni adverbio; es todo el verbo en pleno movimiento. Un cambio de mentalidad por una nueva humanidad que a todos va a afectar.
Recordemos la divinidad y viviremos en vecindad, un despliegue colosal que quebranta lo mental, abre ahora el umbral por encima de lo crepuscular donde todo tiende a significar y es digno de vivificar.
Todos somos el mismo pueblo que camina más ligero, liberamos peso, liberamos peso muerto aligeramos el descontento y superamos los bostezos; somos un planeta despierto llenos de astros que alumbra el advenimiento.
Veo en la morada de la campiña dos sillas antiguas, pertenecieron a un califa experto en intrigas, pero ahora desde la mirada con el pasado en perspectiva todo adquiere un aspecto intimista.
Allí en medio de un jardín longevo, tras tres o cuatro metros, se oye la voz de un eco, es un mensaje convexo curvado hacia dentro donde los sonidos rebotan como truenos.
“Soy la sima de todo lo que divisas; soy las pistas y todas las vistas, porque justo en medio de la realidad estricta hay una capa de parafina. No es nimia, tampoco es infinita, solo es la sombra del califa. que recuerda sin alegría aquellas penurias divididas; cuando la mente era su lugarteniente y su mayor contendiente. Todo lo tenía pendiente, todo era exigente, un reino penitente del pensamiento siguiente; una muralla ovalada de estuco y piedra calcárea, una pared abovedada con barro apilada.»
Y allí en medio de la división, en medio de la escisión, el sumo censor se enroscaba hacia el interior, pero no escuchaba la voz, solo el susurro y el candor que ardía en Jericó. Ciudad sitiada por un conjunto de llamas, sumida en una revolución, una vieja prisión perdida en un neurotransmisor.
“Califa, respira es ley de vida.
Califa, lo que ahora miras es un prisma, una bella metonimia, una proyección evasiva que se junta en el enigma. Toda la vida, toda forma constitutiva no es continúa, tan siquiera sucesiva.»
Pero el califa no comprendía, solo se fiaba de lo que veía, de sus creencias y mirada mezquina.
II
¿Y si la realidad se sostenía a sí misma?
Quería continuar con su agonía, reinando con supremacía del Nilo a Alejandría. Muchos hablaban de su pericia y su penumbra mortecina. Pero en aquel jardín, en aquel palacio Magrebí, tras el sendero de jazmín, todas sus penas se juntaban hacia sí. Muerto estaba, enlutado y de postín, un cadáver cadavérico que solo esperaba el fin.
Componía canciones de los misterios sufís era un creyente alterno, el último muerto en medio de aquel huerto, quería rezar un padre nuestro y recomponer su testamento; había sido un cruel guerrero que ahora pasaba por reverendo. Convenía en el advenimiento justo antes del destierro, era un único cuerpo que miraba su entierro.
Se encontraría con sus viejos y los que antes eran pequeños, en un mundo de sueños que se curvaba como un amuleto.
Y allí los recuerdos silbaban con los truenos.
Si su mano no hubiera degollado por cientos, si hubiera entendido antes al cordero, ¿por qué justo en este momento que se encaminaba al sendero?
Ya se producía el incendio con sumo estruendo, se desligaba de su cuerpo y emitía el último aliento.
Y allí, a lo lejos vio como se disgregaba su ejército y la orden de mérito, estaba arrepentido desde el comienzo. ¿Visitaría el infierno u otro paraje cruento?
III
Pero divisó un ángel, llamado Seleno, que le detuvo antes de que pagara al barquero.
“Aún no estás muerto, eres testigo de que apenas has vivido, estás en tu propio concilio donde nada está dividido, donde no hay nada finito; ¿Oyes el ruido del fuego consumido, y todo el hastío al que te has sometido?
Antes de caer en el olvido, antes de darte por perdido, antes de que revivas en otro siglo, tienes derecho a manifestar tus designios.
—He sido cruel y maligno, furtivo asesino, un hijo putativo, un monarca abusivo; ahora lo percibo (en medio de este juicio que marca mi nuevo destino. He promovido el infortunio y no he sido compasivo; ahora que lo miro no encuentro alivio.
Si hubiera sido capellán, si hubiera rezado a Abderramán, pero ahora estoy en el estertor en el último lugar.
Ya no hay ademán, no hay nada que perdonar, solo pagar todos los males que tuve a bien procurar.
—Pero pareces arrepentido —Si quiera lo distingo. —La duda es el primer paso del adivino. La duda acerca los pasos a Cristo. —Pero estoy consumido, ya en el último soplido, derretido por las llamas del último hijo. —Realmente no hay castigo es solo un esfuerzo de equilibrio. —Entonces me dedicaré a rezar por las vidas que no puede evitar. —Parte entonces hacia el último mar, tú que fuiste hijo de Alá.
Con buenos ojos no te recordarán, y tú memoria algunos pisotearán. Pero renacerás para recompensar todas las inmundicias de tu fiera codicia, la espada que mutila y cuchillo que afila. Como el consorcio decía: renacerás en una misa sin madre ni nodriza, de otros serás curandero para evitar su sufrimiento, recuerda que eres bello y que esto es solo un juego. Te nublaste de apego y te creíste sediento, pero no estabas en el desierto, tan siquiera estabas muerto. Vivirás muchas vidas hasta conocer la verdadera alquimia en la que la pupila no estará dividida para ver a la vez toda la película. No hay otro destino que volver de donde has partido. Adiós, hijo mío.
Y así el califa emitió su último suspiro. Y en el jardín del olvido aún se pueden oír sus quejidos, pero todavía hay un latido de lo que puedo haber sido, unos pequeños lirios marcan el nuevo destino de aquel sultán perdido.
A través del espejo vi todo el universo, en cada partícula y en cada reflejo.
Dos luces se polarizaron en pleno movimiento, eran como un destello y un estrépito por fuera y por dentro.
Volaban por el cosmos desde el comienzo, dos haces y dos espectros en buscas de respuestas y de consuelo. Eran Gamma y Reflejo:
Gamma: No entiendo. No entiendo lo que veo.
Reflejo: Porque es todo un sueño.
Gamma: ¿Cómo que un sueño?
Reflejo: Ya nada es nuevo, Gamma.
Gamma: Pero si nos conocemos desde el primer apogeo, desde el rugir del trueno, cuando todo era amarillo como un incendio.
Reflejo: Y aún así es un misterio. Apenas ha pasado el tiempo, seguimos vagando y flotando lento.
Gamma: ¿Lento dices? Pero si parece un concierto, un baile techno. ¿A caso no recuerdas las tormentas de helio, cuando no había planetas y solo un fulgor eterno?
Reflejo: Aquello era sosiego todo el mundo nuestro, no había sombras ni espectros.
Gamma: ¡Reflejo! ¡Reflejo! siempre todo tan incierto, tan oscuro y negro.
Reflejo: Es que soy un muermo. Uno de esos rayos que no tiene cuerpo.
Gamma: Se me ocurre una idea. Una idea. Vamos al centro donde están todos los reflejos, donde aún es día porque no existe el tiempo.
Reflejo: ¿A dónde es eso?
Gamma: A la Cabeza del Ciervo, una galaxia donde no hay invierno, donde los haces cantan sonidos de fuego.
Reflejo: ¡Yo quiero! ¡Yo quiero!
Gamma: ¡Pero si está contento!
Reflejo: No iba a estarlo, como si me leyera el pensamiento.
Gamma: Pues vamos, vamos en este mismo momento.
Reflejo: ¿Pero y cómo lo hacemos?
Gamma: Una vez tuve un sueño consistía en darse las manos y apretar los dedos; y gritar con todos los presentes: ¡Allá vamos! ¡Allá vamos Cabeza de Ciervo!
ACTO II
Y una luz apareció entre ellos una puerta secreta hacia el origen del universo. Y ellos la cruzaron hasta llegar al portero.
Gamma: ¿Y tú quién eres?
Portero: El portero
Reflejo: ¿El portero?
Portero: Sí, el portero de Cabeza de Ciervo… Aquí solo tienen acceso los rayos primeros, los que fueron creados cuando todo era un caldero.
Reflejo y Gamma lo miraron boquiabiertos.
Reflejo: ¿Y eso cómo lo demuestro?
Gamma: Sí, eso.
Portero: Pues por el acento. Esos rayos hablan en estruendo, el idioma del magma y del extranjero.
Reflejo: ¡No entiendo! ¡No entiendo! Nos estás tomando el pelo.
Portero: Es un idioma pionero de los haces que vertebran el universo.
Gamma: ¿Y si no hablamos ese dialecto?
Portero: ¿Cómo que dialecto?
Gamma: Quiero decir el idioma ese del vertebro.
Portero: Pues entonces tendréis que decirme la contraseña que da sentido a todo esto.
Reflejo: Eso es fácil La sabe cualquier bombero que haya nacido con el estruendo. Es yo sueño… Yo sueño
Portero: Podéis pasar rayos primeros.
ACTO III
Y así lo hicieron como en un festejo y en un pasadizo de fuego; habían llegado al centro del orden y del misterio donde todo eran llamas en la Cabeza de Ciervo. La velocidad subía, centelleaban los decibelios, mitad sonoros, mitad silencio. Y vieron una supernova y el cosmos entero hasta llegar a una luz que iluminaba el comienzo.
Gamma: ¿Así que es esto?
Reflejo: Todo es nuevo
Gamma: ¿Y si la tocamos, estaremos muertos?
Reflejo: Se oye un susurro que viene de dentro.
Gamma: ¿Y qué dice?
Reflejo: Habla el idioma primero.
Gamma: Al fin lo conocemos.
Y tocaron la luz y se fundieron para ser de nuevo el todo por un momento. Todo tenía sentido ya no había pensamiento ni tampoco reflejo; solo un estruendo que destruía el tiempo.
Y allí estaban Gamma y Reflejo siendo solo uno con todo el universo.
Gracias a Aldebaran S por la foto.
*De esta obra de teatro se ha omitido el texto referente a la presentación de los personajes, emociones, entonación y estado de ánimo para que sea más sencilla su lectura.
Y vi un amuleto que contenía un secreto, un gran trueno y tres destellos.
Los hechizos de los hombres que se deshacían en cobre y al fondo una gran pira que era hija de la desdicha.
“Soy Julerma, hija de la quema, la que siempre parpadea en la llama eterna.”
Dicen que soy como el alambre pues siempre tengo hambre y hago caer en trance.”
Y escuché una voz aguda llena de ternura que disipaba las dudas.
“No juzgues con premura, ni hagas falsas conjeturas solo por miedo al desenlace.
No hay miedo en lo que arde; no puede propagarse, es solo el fuego que tenemos dentro. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Es malo el deseo por llevar al apego?
Y miré a la pira que de nuevo sonreía, ardía y ardía con arrojo y valentía.
No había mentira, ni escrupulosa vida. Solo verdades de incendio que rodeaban el amuleto.
Gracias a Griselda Servin por la foto
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