E intentó hablar desde lejos, no había silencio sino arpegios y diminutos cuantos de conocimiento; que la envolvían como una esfinge dentro de la selva Virgen…
Y llegó andando desnuda con toda su hermosura y con pliegues en su piel rosada que eran como la nieve blanca.
Y me dijo muy cerca, casi abriendo la puerta:
“He seguido la senda de los nibelungos y he visto 300 mundos, pero ya no queda ninguno todos han sido derruidos como mi amor y el tuyo.
Pero hay una escalera que lleva a la azotea y en ella podrás ver todo lo que cuenta.»
Y subí a las esferas para ver todas las puertas, todas las realidades algunas descomunales.
Pero solo podía verla a ella lejos en la tierra, entre bosques y maleza.
Y pedí un deseo que era como un amuleto y estaba hecho de fuego
“Suelta, suelta y haz de tu realidad terrena mil vidas paralelas.”
La vi de camino hacia Casiopea toda esbelta llena de hermosura rosada y desnuda. Era una estrella que brillaba eterna.
Y le dije adiós con la mano mientras acariciaba los astros estaban todos tan altos, ardientes y relajados.
Y vi una pareja de amantes sentados en un estanque, estaban desnudos centrados en lo suyo, eran a la vez dos y también uno.
Y ella cogió una caracola para decir hola y el un erizo porque no encontró otro bicho.
Pero estaban inquietos ¿Todavía brillaba el hechizo o se había hecho añicos?
“Estamos en el estanque para recuperar los sueños de antes pero la corriente es fuerte y tira hacia poniente”
“Nada ha sido en vano ni un impulso malsano, solo que a veces los caminos continúan separados”
Y se miraron conmocionados el estanque les recordaba los pares, la multiplicidad se repetía miraran donde mirasen.
Y los dos se preguntaron: ¿Por qué juegas al escondite y no te vistes?
Las manos se separaban mientras se rozaban las palmas, ellos se miraban el alma a través del reflejo del agua. Ya no se vía camino pese al mucho ahínco. Quizás había acabado el ciclo y todo lo que tenía que ocurrir ya había ocurrido.
“Hasta luego Caracola” “Hasta luego Bicho”
Y se fueron alejando, paso a paso cada uno por su lado mientras en el estanque quedaron desnudos sus trajes.
Y vi un meteorito llamado Sigfrido que conocía los genotipos y venia teledirigido.
“No he perdido los estribos ni estoy arrepentido pero tengo un carácter explosivo, chocaré con vuestra atmósfera y no quedará ser vivo.”
¿Por qué motivo eres tan destructivo?
“Llevo años gritando desde el quinto anillo del planeta Saturnino, y es que no veo ni cambio ni atisbo.
Y desde aquí os grito con voz de neutrino, chillidos y silbidos. ¡Moveros, moveros hacia el equilibrio!”
Y la humanidad enmudeció, no hubo sonido, quedaron todos pensativos, buscaban y buscaban dentro de sí mismos, allí estaban las respuestas de todo lo dicho.
Todos quedaron en vilo al reconocer el estribillo:
“Sois en suma un prodigio de lo mundano y divino, estáis hechos para ver más del juicio y el escrutinio.”
Y Sigfrido hizo un derrape y quebró el meteorito, saltaron millones de trocitos y fuegos de artificio; había sido conmovido por el incandescente gentío.
“¡Estáis vivos, estáis vivos!”, gritaba casi derretido. «Voy a cantar con vuestras almas como un adorable vecino, porque os quiero y soy vosotros desde el principio.»
Y así en la tierra el día de Sigfrido es festivo; no es un día señalado pero tampoco es anodino.
Es el día de la consciencia y el día del aquí sigo cuando miro por la ventana y me convierto en meteorito.
Yo te miro y te miro y te busco en el infinito, en el aroma de los lirios y en los latidos antidepresivos.
¿Por qué te perdiste; por qué no pude encontrar tu brillo?
Yo miro y te miro desde lejos con los brazos en vilo, para encontrar tu corazón trino más allá de los prejuicios.
Pues una vez vi dos pececillos en un líquido salino; eran como dos niños que jugaban al aquí te pillo, y se vieron de lleno por unos instantes que fueron dos pellizcos.
Y me preguntaste ¿Qué te pasa pececillo?
“Te he esperado tres siglos y solo en parte has venido; no muestras tu brillo solo un parpadeo tibio, pero quería verte más allá de las capas y de las escamas, de todas las conjeturas de esta agua salada.
En ese líquido tan tuyo porque es exquisito, arrebatador y transitivo.”
Y vi un mar de Coral que nunca se iba a apagar lleno de pigmentos en mitad del nacimiento, con una luz colosal cerca de la pleamar.
Y allí me miraste justo en ese instante, como una ola bramante dispuesta a abrazarme.
Y me susurraste…:
«Estoy parada cerca de la mar salada, veo luces en espirales detrás de los fríos invernales, no se cómo romper el hielo que congela lo que quiero.
Me he quedado helada ante mi propia estampa. Pero a ti te veo desde lejos porque me haces de espejo.»
Y el tiempo se detuvo en cada segundo y en ninguno; vimos nuestras sombras y otras zozobras; y allí nos quedamos mientras pasaban las horas.
La luz buscaba indicios que hablaban de nosotros mismos.
Por eso ahora te miro y te miro en estas horas de concilio para decirte: te quiero pececillo.
Y entré en una realidad superlativa llena de golondrinas, tenían facciones de peces y alas como Hermes, y cambiaban de aspecto hasta dejarte sin aliento.
Y formaron un corro que desafió el viento, serían cientos y cientos, todas en movimiento cambiando en el cielo mientras componían un arabesco, una pirámide de colores donde no había ocres, solo un rayo luminoso que era jactancioso y compuesto por mil soles.
Y en el cielo se hizo un agujero que me llevo lejos hacia un universo pleno, aún se estaba creando, pues veía moldes y decorados, con otros bocetos del arquitecto, y apareció una escalinata, que me acercó hasta una cara, era toda dorada y fina como un mantra.
“Soy el creador de todo esto, que no es un pliego, sino un diseño, está volando sobre la brisa, pues ahora no tiene prisa, y no tiene cemento ni nada férreo, pero hay una promesa que pronto será devuelta.
No pelees con la vida y de una vez confía, no pienses en desdichas ni en que todo se hará trizas, deja que te acaricie la brisa pues está hecha de golondrinas, todas juntas bajo un prisma, bajo una caricia prístina; en realidad todas son la misma.»
Y abracé la vida, pues ya no había cisma quería a todas las criaturas, a todas y cada una, como a las mismas golondrinas, todas allí juntitas volando encima de la brisa.
Y grito entre los grillos que son presa del olvido y canto un estribillo con aroma de membrillo que adormece los sentidos.
Y veo a una especie de templo fenicio que da asilo a los perdidos.
¡Y grito y grito!, desde lo espino y desde el delirio: ¿Dónde están los ritmos y los cantos mestizos? ¿Dónde está el camino lleno de peregrinos?
Y oigo una voz que sale de un estridente sonido y que emerge con brillo:
“Para la mente porque siempre miente. Es un tambor que no tiene autor, no tiene conciencia ni tampoco paciencia, vive en la urgencia de la permanencia.”
¿Y si no hubiera vida y no hubiera mentira?
«Verías la belleza en cada esquina. No habría arritmia, ni tampoco angina ni exceso de penicilina.
Una gran piedra magenta que siempre parpadea porque cambia con la inocencia y nunca se desvela.
No hay naturaleza muerta solo realidad entera.”
Y suspiré como un chiquillo pues volvía a oír los sonidos que son como silbidos y transcienden a los grillos.
Aquellos que se cuentan por siglos; una especie de contrapunto que emerge con brío desde el primer estallido.
Los jueces de la mesa siempre iban de pesca, pues mandaban a la gleba armados con leyes secas y sentencias espesas.
Estaba Faisán, todo un truhán que mandaba con afán, cuidaba del ajuar y de lo que estuviera mal.
Y también Adelaida, recta como una escalinata, la mano del templo que mandaba desde dentro; solo una voz que sonaba como un procurador, pero con aroma de terciopelo por la ligereza de sus textos.
Y como no, Longevo Fetro, todo un experto en detectar el veneno; que no conoce los peros ni los desasosiegos, pero impone con mano hierro cualquier mandamiento.
Y se reunieron ante la mesa, sin ninguna reserva a revisar la jurisprudencia.
Y entonces habló el juez supremo, que era de origen hebreo, no era magistrado ni siquiera juez o prelado, sino un antiguo mago que hablaba por los cuatro costados:
“Dejad de hacer leyes y absurdas efemérides
Las leyes son un reflejo de un gran sentimiento en contra del sometimiento que se encuentra desde dentro.
No hay ley en el Kaos ni hombre malvado.
No necesitáis abogados, ni siquiera juzgados, pues sois todos bardos y espíritus claros.
Seguid una luz, un rayo raro que invade nuestra mente como al durmiente, o al ser consciente.
En ella está la acción, y el origen de la sensación, da luz y acto a todo lo pagano. No hay bien ni mal en lo no separado, en el amor que nutre lo que se está realizando.
Y los jueces pararon y dejaron sus hábitos, ya no eran magistrados sino faros encima de su propio teatro; salieron a la vida para no seguir juzgando.
Y vi un amuleto que contenía un secreto, un gran trueno y tres destellos.
Los hechizos de los hombres que se deshacían en cobre y al fondo una gran pira que era hija de la desdicha.
“Soy Julerma, hija de la quema, la que siempre parpadea en la llama eterna.”
Dicen que soy como el alambre pues siempre tengo hambre y hago caer en trance.”
Y escuché una voz aguda llena de ternura que disipaba las dudas.
“No juzgues con premura, ni hagas falsas conjeturas solo por miedo al desenlace.
No hay miedo en lo que arde; no puede propagarse, es solo el fuego que tenemos dentro. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Es malo el deseo por llevar al apego?
Y miré a la pira que de nuevo sonreía, ardía y ardía con arrojo y valentía.
No había mentira, ni escrupulosa vida. Solo verdades de incendio que rodeaban el amuleto.
Gracias a Griselda Servin por la foto
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