Y sangraba por mis venas y también por mis arterias; sangre de un rojo muy profundo y hondo; y había melancolía del último día donde las almas se condensan hasta forma la materia.
Y yo allí la veía, un poco indefinida, con su luz amarilla suave y escurridiza.
“Hemos tenido una gran aventura llena de hermosura pero ahora llega el desenlace donde estaremos en otra parte, puede que tú en Júpiter y yo en Marte.
Pero no por ello dejaré de amarte, somos hijos de la carne, no hay por qué enemistarse. Yo cruzaré los Andes y tú puede que los Alpes, pero nos veremos en el Ganges, el día en que te bañes; haremos las paces para ser como éramos dos niños pequeños sumergidos en el riachuelo.
Y nos enamoraremos de nuevo pese a vivir en el destierro.»
Y me levanté un domingo y el jardín estaba tibio como si hiciera frío y él no hubiera venido.
¿Se habría perdido por el camino viendo las amapolas, los caracoles y los lirios?
¿Por qué hacía tanto frío? ¿Cómo es que hacía tanto que no habías venido?* Y corrí un visillo para ver el mundo como hace siglos. Y allí vi un enorme pistilo que se movía con mucho brío. Era muy sabroso y también productivo y segregaba un líquido de colirio amarillo. Y me lo acerqué a los ojos y al cristalino y empecé a ver las sombras que emanaron al principio cuando no había formas y solo estruendo en estallido.
Y me senté ante mis demonios y mis prejuicios para preguntarle una duda que me tenía en vilo.
Y él me respondió desde el paraíso que yo no encontraba y creía perdido:
“Escucha querido amigo, Yo no soy el enemigo. Estoy en todos los lados y en todos los sitios. Soy la eterna fuente de lo que no ha nacido. Respira hondo ahora y siente tu ombligo; toda la fuerza que nace de color amarillo. ¿Realmente puedes notarla? ¿Captas todo el brillo que deforma el mundo antes del astigmatismo? Es un nudo de colores que inunda tu pelvis y tus latidos; que pasa por tu garganta y por el enclave rojizo que es toma de tierra y alimento divino. Y se extiende a tu frente y por tu sexto sentido para subir al cielo malva en un último suspiro.
Y ya estás en el jardín, ya estás en el paraíso donde siempre has querido. Donde están los caracoles las amapolas y los lirios. Donde no hace frío y no hay abrigos; donde estamos todos muy muy unidos. Como hace siglos, como era al principio. Un eterno vacío lleno de posibilidades por la falta de juicio. Un eterno lugar que se abre cuando respiro, porque no hace calor ni tampoco frío; es una nube de colores que muestra siempre su brillo.
Gracias a Annie Spratt por la foto
*Esta semana ha cambiado porque ya ha venido y todo es mucho más amarillo.
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